Erotismo y muerte en las obras de G. Bataille

Al establecer su relación entre erotismo y muerte, Bataille se desmarca de la posición de Sigmund Freud, quien había concebido al Eros como principio que nos impulsa a la reproducción,

y Thanatos como sosiego, el descanso de las pasiones y el freno al deseo. Para nuestro autor, el erotismo no se fundamenta en la reproducción, ni la muerte en el cese de las pasiones, sino que ambas están imbricadas. Así lo explica en El Erotismo:

Sólo los hombres han hecho de su actividad sexual una actividad erótica, donde la diferencia que separa al erotismo de la actividad sexual simple es una búsqueda sicológica independiente del fin natural dado en la reproducción y del cuidado que dar a los hijos. Así, a partir de esta definición elemental, vuelvo inmediatamente a la formula que propuse para empezar, según la cual el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte. (15)

Es una experiencia, entonces, que reproduce la vida pero al mismo tiempo se vuelve un movimiento violento de tragedia, exceso y angustia en donde se celebra su continua muerte y renovación. No se desea conservar la vida sino el deseo de gozar en todos sus ámbitos sexuales, constituyendo la muerte el mayor de los excesos en la vida. En este encuentro se enfrentan cara a cara los amantes cuando son acechados por este deseo interior y la experimentación de desgarrarse y quebrarse hasta desfallecer para hurtar su individualidad. La experiencia del erotismo es violenta y altera la individualidad de los hombres: el deseo erótico nos enfrenta a la vida en el modo de un instante en donde "yo me pierdo" (35), transgrediendo los límites cerrados del ser, sin eliminar la prohibición del acto sexual, sino transgredirla desde una violencia. Esto hace que el erotismo sea una de las experiencias humanas más creativas y variadas que poseemos.

El erotismo se determina por ser una experiencia que se mueve de un modo clandestino, encubierto y misterioso, como todo acto sagrado que solo en las orgías puede desenvolverse y mostrarse totalmente público y comunitario: "El hombre busca fuera un objeto del deseo, ahora bien ese objeto responde a la interioridad de ese deseo" (33). Al desligarse del fin de procreación y convertirse en un fin en sí misma, la actividad sexual rompe el tabú, y es esa misma trangresión la que aumenta el placer. Se abre así un espacio de continua renovación y anulación: "la transgresión no tiene nada que ver con la libertad primera de la vida animal; más bien abre un acceso a un más allá de los límites observados ordinariamente, pero esos límites, ella los preserva. La transgresión excede sin destruirlo un mundo profano, del cual es complemento" (71).

En obras como La Conjuración Sagrada y La experiencia interior, Bataille busca unir de una nueva forma a las personas para poder refundar la dimensión sacra de la existencia humana. Desea unir a los hombres a través de la experiencia de la muerte, pues quien presencia y forma parte de la muerte de otro ser humano se ve obligado a un replanteamiento: "Si ve a su semejante morir, un vivo sólo puede subsistir fuera de sí" (Blanchot, La comunidad 24). La muerte del prójimo sacude, desgarra y produce la ausencia del propio yo, nuestra propia muerte. El orgasmo sería el correlato de esta muerte, que en el acto sexual es recíproca, por lo tanto esta experiencia sería la que funda la comunidad. La muerte produce una comunicación con el otro en ese instante de continuidad sólo por un segundo, ya que luego mueren.

Por otra parte Bataille, identifica tres tipos de erotismo: el sagrado, el de los corazones y el de los cuerpos. Estos van cambiando según la intensidad de su unión, y exponen una serie de movimientos donde los seres humanos se van despojando lentamente de su individualidad (entendida como una herida, un aislamiento interior). Cuando se produce el deseo es porque vemos la interioridad prohibida del otro, allí comienza el desequilibrio y la atracción de los cuerpos, que desencadena el contacto físico de los cuerpos prolongando la pasión erótica. Esta pasión fusiona a los amantes en un solo cuerpo, y provoca un contacto violento entre los individuos: "El amante no disgrega menos a la mujer amada que el sacrificador que agarrota al hombre o al animal inmolado. La mujer en manos de quien la acomete está desposeída de su ser" (El erotismo 95).

La similitud del sacrificio y el erotismo es la desnudez. El amante desnuda y va desatando paso a paso al ser deseado, quitando sus capas exteriores e interiores: primero las vestimentas que lo cubren, pues desea invadir todo su cuerpo, toda su carne, para experimentar a través de las caricias del cuerpo deseado su propia desnudez. La carne que ambos ocultan bajo sus ropas es fuertemente irrumpida por el deseo: "Lo que el acto de amor y el sacrificio revelan es la carne" (El erotismo 97). Hay convulsiones, una profunda excitación que se va tornando exuberante, que va dejando afuera la decencia: se tocan y se exhiben los órganos sexuales. Los amantes se sacian mutuamente, en su exceso de la carne. El deseo erótico se ha apoderado de los amantes, y destruye los límites al igual que el victimario a la víctima. Ambos alcanzan la desnudez total, para llegar a la cima y caer en la muerte. Luego del orgasmo se han perdido en su subjetividad, titubeando bajo esas caricias que van y vienen en gestos que se dan el uno con el otro.

Los amantes son víctimas del deseo erótico que los destruye, los deja fuera de la razón con la pequeña muerte del orgasmo. El erotismo representa el acto sagrado que nos enfrenta a la cantidad de sensaciones que tiene nuestra vida, por ejemplo a través del éxtasis erótico se tiene el objeto de aniquilar la comunicación entre ambos (en donde se exponen las heridas), siendo el erotismo el que pone en juego la reproducción con el fundamento de negar el aislamiento del yo y con el único objeto de que la efusión sexual erótica efectúe la pérdida de mí mismo en el Yo.

La muerte y el erotismo son movimientos negativos de un rechazo a lo prohibido, que organiza una transgresión. El acto sexual no sólo es condenado por desestabilizar el orden interno de hombres y mujeres, más bien es condenado por la bestialidad de los movimientos corporales y grotescos de los excitados. La bestialidad es propia del deseo, pues se opone la dignidad que posee el cuerpo humano, profanado entre el sudor, los fluidos y la emanación de gemidos ensordecedores. No se puede impedir la violencia de los cuerpos, como tampoco la experimentación de la vergüenza que produce al sentir la realización de actos obscenos y a la vez gozando profundamente pese a ello: "No podemos gozar sino a condición de seguir sintiendo vergüenza" (Bataille, La felicidad 377). Esta vergüenza se extiende en el propio sacrificio, cuando el amante ofrece su cuerpo, y al mismo tiempo está pidiendo la muerte del otro, para efectuar y soportar la suya propia.

Para Bataille, la travesura es propia de todo acto sexual al despojar de su virginidad al deseado; aunque sea un acto de suma mesura y tacto, incluso así no deja de ser una profanación a la belleza, una belleza buscada por el deseo erótico que al ser encontrada y profanada logra su colosal placer. Es un goce vergonzoso que destruye la belleza y que se fascina de corromper. El goce erótico, en definitiva, mezcla el horror y la angustia con el placer de la transgresión.