Amores de emergencia: un acercamiento al amor en tiempos de guerra sucia en Chile a través de la poética de Franco Ibáñez Zumel

Transcurre un indiferente y gris Temuco de comienzos de década; las aceras heladas, las manifestaciones antidictatoriales, la vida universitaria y la bohemia retratada magistralmente en el artículo de Cátulo Pompeyo en la prestigiosa revista Litterae - Chile en 2006-

Transcurre un indiferente y gris Temuco de comienzos de década; las aceras heladas, las manifestaciones antidictatoriales, la vida universitaria y la bohemia retratada magistralmente en el artículo de Cátulo Pompeyo en la prestigiosa revista Litterae - Chile en 2006 , sumadas a la subyacente interrelación rizomática entre pobladores, estudiantes, poetas y una «vita-urbi» ocupada por el poder; «vita-urbi» además, con una identidad y funcionamiento esencialmente erráticos, pero evidente y manifiestamente funcionales conforman el contexto preciso y necesario en la creación literaria de Hurón Magma, Luis Riffo, Víctor Hugo Díaz, Marta Manríquez, Franco Ibáñez y Miguel Angel Manosalva. Ellos y otros, parte de la llamada «Generación muerta, dispersa, NN, o invisible», la cofradía secreta correspondiente a la generación del 87 capítulo Temuco; cada uno con su estilo particular y personal de registrar a través de sus filtros el devenir histórico de ese momento y de ese lugar, el tráfago, la vida estudiantil, la cotidianeidad laboral, la retícula transversal y transparente del control y los enlaces del poder plasmados en la ciudad; pero más que nada y esencialmente la esfera de las relaciones entre seres humanos, especialmente entre amantes. En este sentido, hasta ahora, no es sino en la producción de Franco Ibáñez a nivel cuantitativo en donde encontramos denotativa y muy explícitamente expuesto este tipo de relación; los sobresaltos, los escasos momentos de paz, las dudas, la inasibilidad, la inefabilidad de la relación entre mujer y hombre en un momento en que la existencia dependía de cualquier cosa, menos del control de sus portadores; una vida vivida en «tiempo real» por cada uno de ellos, sobreviviendo en ese pequeño mundo de ciencia ficción controlado ideológica, económica, política, emocional, panópticamente en fin, por ese mismo poder.

No olvidemos la situación de una ciudad ocupada militarmente desde su gobernación y su intendencia hasta sus órganos de administración territorial más remotos; ocupación representada en las universidades por rectores delegados y redes de informantes; en la vida económica por una derecha nacionalista, empresarial, localmente latifundista, dueña del territorio y unida muy subterráneamente a grupos paramilitares de extrema derecha recalcitrante como el ACHA (Acción Chilena Anticomunista), quienes ejecutan en ese tiempo al estudiante mapuche Manuel Melin Pehuén (1).

Pequeña aldea que, ante el movimiento ascendente de masas a nivel nacional, prioriza especialmente el valor histórico, simbólico, estratégico de la ciudad y su defensa correspondiente, luego de la aventura de Neltume, y luego también, de la otra inventada guerra de guerrillas que afectó de por vida a universitarios y comuneros mapuche que ejecutaban trabajos voluntarios y de formación social en un fundo cercano de la región.

Todos los tentáculos de esta superestructura local y remota orientados a chequear y controlar a un movimiento popular y estudiantil explosivos y en ascenso; a organizaciones como Ad-Mapu; a organizaciones de derechos humanos y a organizaciones políticas de izquierda que, junto a las casi inexistentes instancias naturales a nivel poblacional como juntas de vecinos u otras al alero de la iglesia, trataban de sobrevivir en la velada semitransparencia de una guerra declarada unilateralmente, pero guerra al fin.

No olvidemos, por otro lado, la situación de Franco Ibáñez Z., cuadro de dirección organizativo, clandestino, de extrema izquierda, estudiante universitario, escritor,  y por supuesto para efectos de nuestra temática: amante; las dos últimas, sus únicas opciones reales en un mundo muchas veces irreal y extraviado en el último resquicio del planeta.

Encuentro

Se dice que toda aventura entre dos seres comienza -por lo general- con un encuentro mutuo, en ocasiones incidental; en otras, uno de ellos logra percibir o descubrir al «otro» en su «otredad» antes de que éste logre darse cuenta de que es percibido o descubierto; o descubierto y cautivado. Se perciben y se buscan en las calles grises de una ciudad en llamas, en el final de una guerra prolongada o en medio de la misma, en los laberínticos senderos que se bifurcan trazados por milenios en un lugar muy lejano dentro de nuestras propias realidades, en noches de niebla espesa y gélida, como en una película en blanco y negro de los años 40, en los sueños y pesadillas, en las vidas mínimas y transversales; en la red, en el «habitus», en la «matrix» si se desea.

Esta búsqueda y encuentro deben su futuro devenir y desenlace al contexto en que emergen y se manifiestan, de ello depende su durabilidad; su signo y los mecanismos de imbricación que una vez estrechados alrededor y manifestados lo harán relación:

 

“Una mujer desnuda y en éxtasis

una escalera

apegada a la muralla...

…a esta muralla 

 Un hombre que viene de lejos / agua en las manos 

metálicos pasos…”

 

En el fragmento anterior de uno de los poemas del autor datado a mediados de los 80 en el sur de Chile, tenemos expresado el primer encuentro entre dos seres; la presencia de una escalera que simboliza entre ambos el encuentro de un arcano que los llevará a un evolucionar escalonado en un proceso-aventura de reconocimiento mutuo; y la diferencia sexual en que una mujer desnuda y en éxtasis se encontrará con un hombre de pasos metálicos. La fineza con la dureza; la transparencia con la opacidad, pero una opacidad que trae agua en las manos, agua como símbolo de transición, de cambio, luego del encuentro-choque que ha tenido anteriormente con un muro, símbolo a su vez, de su inicial proceso de «descomposición emocional» al enfrentarse con la realidad, la fría realidad, la irrefutable realidad, aquella en donde el amor es derrocado en su acepción bizantina, purista y barroca dando paso a otro nivel de este sentimiento, un amor aterrado, existencial, sin esperanzas, lleno de angustia y soledad en que el «otro» está allí, no como un compañero para caminar sobre campos de algodón, sino como un «otro» igual de solo, igual de golpeado y torturado, con una coraza hecha de cicatrices, hermanados más que unidos, por una lucha desigual, pero definitiva; un «team» que combate, más que contra un sistema dominante o contrainsurgente, contra «una realidad» sin correlato, aplastante y tirana, que no deja espacios sin violar, «una vida digna de ser amenazada de muerte», como lo sintetiza genialmente Luis Riffo en el Temuco de esa época.

Sin embargo, y a pesar de reconocer que no puede existir una emoción ingenua, adolescente, íntima y libre de las influencias del entorno, menos aún en una ciudad gris y ubicada en el fin del mundo; ciudad que, a través de sus señales y símbolos expresa una identidad ontológicamente dividida: «la ciudad de la frontera», según el historiador; «el pueblo maldito», según el cantor popular; «la  última frontera»; «el sur del mundo»; la ciudad fundada por omisión para aniquilar una cultura, en la que se transan por cientos las orejas y algunas cabezas parlantes Mapuche en los tiempos de la «pacificación», la posterior colonización y la final «guerra a muerte», generando con ello «héroes-asesinos» y «dioses-violadores-usurpadores» con pies de barro. La ciudad de los contrastes irreconciliables entre la pobreza franciscana y la riqueza ofensiva; entre la vida de la avenida Alemania y la de Santa Rosa o Padre las Casas, entre colonizador y colonizado, entre el campesino y el latifundista, entre la derecha y la izquierda, entre pacificador y pacificado, entre Mapuche y Winka; entre ladrón y despojado; la lucha esencial entre las serpientes del bien y del mal, Tentenvilú y Caicaivilú como lo expresa en su obra de aquellos años Víctor Hugo Díaz; la ciudad rota y fragmentada, aquella ciudad no tan ingenua ni tan bucólica como la pretenden retratar algunos, sino aquella ciudad real, desmitificada, la de la niebla gélida que traspasa los huesos; la ciudad del hambre, la pobreza y el frío, la de la lluvia lacerante e inclemente, la ciudad de la soledad, prostituida, muda, impotente e hipotecada, la ciudad olvidada y en guerra consigo misma debido a su pretendida identidad «no identificable» a causa de su origen etnocida y genocida, sin mística legítima y condenada a no tener jamás una paz, una tranquilidad esencial y un destino vitales; «Temuko-Waría», la ciudad ingrata, aquella de la que, los poetas que pueden, huyen despavoridos y nunca regresan.

 A  pesar de todo ello, el autor reconoce también que en buena medida son sus escudos individuales, sus mecanismos de defensa, los que lo obligan a omitir y luchar contra la existencia de una emoción inocentona y renacentista situados en el resquicio de un espacio ínfimo, oscuro y mortífero; pulsión que puede sacarlo de su estado actual de alerta y así perder ese trazo de supervivencia duramente conquistado y mantenido como un rincón aparte, cuyo acceso sólo le está permitido a él, pues le entrega una vida posible, que por muy angustiante, es vida al fin. Reconoce en ese segmento espacio-temporal que ese «amor de antes», fácil, desfasado e hipnótico puede ser inventado y que, aunque nadie -que él conozca- lo desea, ese monstruo sin límite plausible puede contaminar más que a la frágil situación vital, al hombre en su esencia, dejándolo desarmado frente a un mundo cada vez más metálico, cada vez más violento, cada vez más controlador, omnipotente y panóptico; por lo mismo, cada vez más peligroso.

Allí no puede haber pausa ni descanso, es una guerra irreversible, además de contra un sistema, una dictadura o una realidad aparte del resto, contra sí mismo, para no convertirse en una estatua de sal, un engrane más del sistema, una estructura más, un demonio más perdido en la vaguedad del «ser». No puede haber un descuido; quizá sí una sublimación para huir de la viscosa existencia, pero sin la posibilidad de convertir ello en un precedente epistemológico para teorizar, para proyectar e implementar un amor sin función ni contenido relevantes en ese contexto gris y agresivo.

Si bien es cierto es un contexto antiguo, «ochentero» si se quiere, en donde había armas de fuego, enfrentamientos, atentados y secuestros como en toda guerra irregular, sucia, subrepticia; el gran mérito de Franco Ibáñez es superponer todo ello, premonitoriamente, como en un plano cartesiano y adelantarse hasta nuestra actual situación a nivel de las emociones…esta vez no hay armas de fuego, no hay enfrentamientos, pero aquello no significa que no haya guerra; hoy sí estamos en guerra, en una evanescente y difusa, pero cierta e irremediable guerra de posiciones; las batallas se dan en otros campos de marte, menos perceptibles; el objetivo estratégico y táctico ahora mismo es cautivar, expoliar nuestra mente, supeditar nuestras emociones, nuestra racionalidad ya casi copada por un sistema monstruoso, a una gran matriz cada vez más omnipresente, omnipotente y omnisciente, a través de redes sociales, redes de datos, redes de ayuda, redes temáticas, redes semánticas, redes neuronales, la homogenizadora red de redes; redes, redes, redes, concepto repetido como un mantra hipnótico trasladando a un tercer y cuarto plano el «sentir», blindándolo, desplazándolo violentamente de su posición prioritaria y privilegiada. Todo esto conectándonos subterráneamente y sintonizándonos al gran fractal, en el que cada uno de nosotros es un nodo consumidor compulsivo de información y productos; interconectados por la videósfera a través de tarjetas de multitiendas mediante las cuales somos «entidades válidas, productivas, identificables y especialmente ubicables», con derecho transitorio a vivir, alimentarse y vestirse; comunicados celularmente como en un rizoma, controlado por sistemas, procesos, por retículas homogenizadoras, cosificadoras y masificadoras que, paradojalmente, fueron diseñadas para evitar el aislamiento y el individualismo exacerbado tan capciosamente criticado por los agentes socializadores naturales del sistema y que terminó convirtiéndose en nuestra esencial cadena; un individualismo virtual en que el amor –hoy, ahora y aquí-, es idéntico a ese amor de estado de emergencia, amor en estado de guerra permanente, amor confluente (2), mutante, sin lazos profundos, a contrata, a plazo fijo, en donde todo es desechable o aguantable; en donde todo es sólo un dato más.

Sentir amor lírico, romántico, ingenuo y plano en esta guerra esencial y soterrada -o en toda guerra-, no es solamente negligente e irresponsable, sino además una soberana pérdida de tiempo, pues no será jamás un amor como aquel que sintieron o creyeron sentir nuestros padres y abuelos, sino al contrario, una caricatura mortal y riesgosa; apasionada y genital; reestablecedora y restauradora; equilibrante en medio del desequilibrio, pero vacía y sin expectativas.

 

“No busques más...no está en los cajones esa libertad barata que además no existe...

ni ese amor de antes que adornas con tus necesidades y carencias

y que todos los días sales a buscar  después de almuerzo...

¿sabías que estamos solos?...

que a tu lado sólo hay un montón de estructuras  de carne y hueso

tan confundidas y vacías como tú

descarnándose por buscar un concepto o algo que los haga distintos...divinos...

Pero no es así  no es por ahí por donde debes buscar

El amor de aquí es un viejo cuento chino inventado por el régimen contrainsurgente

para mantenernos ocupados

y no planear la subversión…

sabías que estamos solos?

solos...solos ...solos”

 

El amor de pareja antiguo -como en el existencialismo Sartriano de guerra y post guerra- en plena batalla debe ser considerado algo abyecto, vil y vergonzozo, innecesario e incluso peligroso en un momento en que nadie, (so pena de ser destruido por la realidad desnuda, en que millones de seres se transforman en potenciales monstruos y enemigos) puede experimentarlo, pues, además para ello, debe existir un sustrato, un estado especial de conciencia, de paz y tranquilidad, de autopercibirse como identidad con una continuidad vital mínima garantizada, como «ser trascendente». Transgredir esta norma básica de sobrevivencia, es lo mismo que bajar las defensas, que es lo mismo que ser débil, que es lo mismo que ser consumido, devorado, procesado y desconectado; podríamos agregar, borrado [«deleted»].

En el primer encuentro, en ese contexto, la primera advertencia en ese extremo austral del «país de mentiras» es que nada es real, nada es lo que parece, ningún segundo es idéntico en nada al que ya transcurrió, nada debe ser considerado normal; sobre todo, «nada es azar»; peor aun, un error de apreciación en este sentido puede costar la vida; mas no solamente la vida física.

No sólo todo amor de pareja, sino toda idea de amor «formal» o romántico está condenado al fracaso en esa clandestinidad en que todos conspiran, en que todos huyen y pocos luchan para sobrevivir. Esto obliga a amar de otra forma, a la distancia, o permitiendo que nada se acerque demasiado, que nada comprometa más allá de lo políticamente correcto convirtiéndose en algo invasivo; un amor sospechoso, paranoide y con escudos; un amor existencial de miradas cómplices y frías, de compromisos, de respeto y celo por los escasos espacios propios, pero nada definitivo o con fines de proyectar o eternizar una idea antigua basada en «ese amor de antes». Un amor de todo y/o nada, de cerca, pero de lejos; ambigüo, de todos y contra todos; sin sentido de pertenencia o exclusividad; un amor nómade, transferible y portátil, liviano como el equipaje de alguien que está siempre en movimiento, no como un viajero, sino como un fugitivo; inefable en toda la extensión de la palabra. Un amor no de nuevo tipo, sino con otra aplicación y con una característica identificatoria: el contexto en que se da; cambiante, violento y crudo, sin adornos, desnudo, no sublime, no romántico; un amor extraño, sombrío y millones de veces más utilitario que lo normal, como un amor de colegas de trabajo, urgente, rápido, con miedos, con sustos de ser sorprendidos; un amor anormal, ANOrgásmico (Sparza 1999), amoral y mortal.

En el primer encuentro, la primera advertencia en ese preciso momento parece ser:

"Quiero que me ames / pero con miedos e incertezas / con un amor listo para partir / con nuestros equipajes en la puerta / Quiero que no sientas nada  / Que te seas transparente / Porque un amor así no muere / pues nunca existieron huellas  / quiero que me ames, pero que no sientas / si lo haces mueres / pues estamos solos de seres / pues somos sólo dos conexiones  / con un nexo de urgencia / Sin esperanzas ni preguntas / nuestras pisadas opuestas / porque ahora es ya la hora de las muertes  / de sentir lo que nos queda / del escoger sabiendo  / que sin  prisas no hay retornos / ni puertas falsamente abiertas"

La unión

Lo primero a destacar en la unión amorosa en un contexto de guerra, contrainsurgente o no, sin lugar a dudas es la desesperanza, la garantía más que plausible de una separatividad ontológica, el saber que nada concluirá, que nada cristalizará en un mundo rodeado por las fuerzas del controlador sin darse antes una lucha que, además de desigual, instala automáticamente, como en «Brazil»  o «1984» de Orwell, la duda de si se sobrevivirá y con ello la validación, la legitimidad de todo esfuerzo por lograr algo entre dos; por ello se discute si es necesario o correcto hablar de «unión» y siendo la respuesta un «no» rotundo, la acción a seguir inequívocamente es exactamente lo contrario, obligarse por dilución a «ser dos», unirse, fundirse el uno en el «otro» o en la «otredad», como en un océano negro, abismal, matricio; hundirse en la niebla oscura, pero tibia; hacer de la inmersión una política; como lo explica Cátulo Pompeyo: hacer de ello un contexto más, «el [contexto] de la inmersión suicida en la evasión, el de tocar fondo y ojalá no volver a la superficie, pues toda lucha allí estaba perdida de antemano».

Para ello, para desconectarse de una realidad agresiva sin caer en vías escapistas y provocarse daños a nivel neuronal, nada más indicado en este tipo de unión que la pasión, más específicamente el sexo, el querer diluirse en la nada, física, mental y espiritualmente, si se desea, gracias a un par de minutos y a través del otro -argumentación utilitaria pero bidireccionalmente beneficiosa-; anularse y desear eternizar ese instante breve y vacío en que nada es capaz de traspasar los escudos, paradojalmente hablamos del orgasmo y el post-orgasmo, cuando más débil es el ser humano, incluso ante sí mismo.

Ese amor, o lo que deseamos sea ese amor, en este tipo de unión es apasionado, corto, potente y profundamente desfragmentador, anula los sentidos aun más en ese frío que cala los huesos de toda la ciudad mortal y sus habitantes, en esa lucha cuerpo a cuerpo en que el deseo se desliza, rasguña, gime, se retuerce.

Es una refriega vital y atávica en la que, el temor primario subyace: no se sabe si es una lucha en la cual, si el personaje se entrega sin reservas terminará siendo finalmente absorbido por un «otro», por un archienemigo aún más peligroso y «real» que el sistema, por su fácilmente transferible realidad tan irrefutable como su objetivo de transparentar la esencia del «otro poseído» y persuadirlo de que se entregue sin reservas porque: «esto…la vida, es así», transfiriendo por añadidura al huésped el virus de sus problemas irrefutables, sus dudas irrefutables y sus traiciones también irrefutables.  Se es vencido entonces; allí, en ese refugio secreto y ultraclandestino, en el que ni siquiera el orgasmo, ese reducto falologocéntrico esencial en el hombre, es emocional. Agreguemos, menos aún normal.

Si esa prueba es pasada con éxito, está el contexto controlado por el poder en la sala de espera para dar un par de pescozones más como postre. Como una broma al margen, la típica dualidad del autor al final, en las conclusiones, en que nos informa que, tal vez puede ser nada.

…y la consecuente cristalización

 

Celeste 

el mundo está al revés

deja ya de sonreír y respira un poco

que aún es tiempo de vomitar  

despierta

báñate

y ponte tus pantys

tus calzones y tus zapatos de fibra

y tu mañana postiza

y tu mirada postiza

y tu sonrisa postiza

Especuló Ortega, con brillantez: «Un día  la fantasmagoría se desvanece, y con ella muere el amor». «Todo amor es fantasía», Machado nos dice. Por otro lado Kundera, un veterano de los avatares entre amores y contextos de guerra, reafirma al pasar, como en una conversación de pasillo, lo que Franco Ibáñez expresa en su poema «el amor de aquí es un viejo cuento chino», algo endocrino que, con suerte, durará entre cuatro o cinco años, luego de los cuales será reemplazado por otro tipo de emoción, tal vez fetichista y bastarda, pero efectiva como adhesivo.

No hay mejor poema que «celeste» – y de ahí su éxito- para ilustrar la relación gastada de dos «otredades» cazadas en la misma telaraña; que lo han vivido todo, que lo han arriesgado todo juntos; que se conocen hasta lo más mínimo, desde sus más altos ideales a las bajezas más celosamente inconfesadas; desde sus frustraciones y contradicciones vitales hasta sus sueños más finamente logrados. Desaparece el lenguaje, la semántica y los gestos utilizados en el «delicado momento» del encuentro para ser sustituidos por los del hastío y el miedo, por cierto, no provocados exclusivamente por el transcurrir de la relación con sus elementos naturales de desgaste, sino además, por el estrés que machaca día a día, luego de fatigantes ejercicios de chequeo y contrachequeo y aún así no sentirse seguro; el hastío de no poder dormir más de treinta minutos seguidos, incluso con la «beretta» bajo la almohada; la extenuante tarea de cubrir «los puntos» en la clandestinidad: leer las señales de peligros que informan si el enemigo acecha cerca; de ver en la TV cómo las estructuras de la orgánica caen y caen en enfrentamientos a lo largo y ancho del país día tras día como un juego desigual, como una danza macabra de muertos y de sangre. 

La imposibilidad de extender y proyectar en el tiempo una relación asíntota y transitiva, no excluye, sin embargo, la posibilidad de prolongar hasta donde sea posible esa sociedad de beneficio mutuo y a pesar de estar conscientes de de su «no destino», de la omnipresencia del adiós, de su encaminamiento directo y seguro al más rotundo de los fracasos, siguen la misma huella, el mismo rastro de la hermosa historia del capitán Scott en 1910, lo que de paso nos demuestra el aparentemente inflexible y trágico sino del ser humano como títere de un destino que, a  pesar de ser susceptible de ser modificado en un breve instante tan sólo con un gesto o una palabra, nada puede hacer para evitarlo una vez transcurrido un lapso vital, pues es un segundo único y trascendente, un escasísimo, preciado y codiciado segundo en que el ser humano, haciendo uso de su facultad más primitiva y propia es dueño absoluto - y en la más absoluta de las soledades - de su destino.

Todo lo anterior sin incluir el riesgo, instalado como un compañero más fiel y reactivo que el «otro», ese riesgo explosivo de la vida vivida entre dos amores terriblemente celosos y excluyentes, la literatura y la opción libremente asumida:.

La omnipresencia del adiós

El «yo», finalmente, es así fragmentado, roto, dividido por el estrés, por el peligro, por la angustia, por el huir constante, por las despedidas constantes sin saber regresos; por el «no ser»; por la nauseabunda vacuidad del ser humano en el abandono más completo cuando desaparecen los márgenes y las redes de apoyo, por la experimentación en carne y hueso del existencialismo básico y extremista, por lo crudo, por la duda, la soledad, la lucha contra sí mismo y de paso contra un sistema; y por otro lado, en el mismo contexto, por el compromiso con el otro; ese compromiso de hermanos en la lucha; supuestamente una relación mucho más férrea que la de un amor normal entre dos personas, en el que no solamente las feromonas, lo endocrino ni la genitalidad influyen, sino un racional y objetivo compromiso político-ideológico asumido libremente y el cual pone, según los postulados del materialismo dialéctico e histórico, a prueba la seriedad y la madurez de un ser humano, compromiso condenatorio, desgastante y sísifico que lo sitúa por sobre el común de los mortales y en el que su pareja, su compañera(o), su bruja(o) en la complicidad de los aquelarres nocturnos o «el otro» es retratado, aprehendido, comprendido, y también…la mayoría de las veces, paradojalmente perdido.

Relaciones clásicas, amores clásicos en estos contextos, nos recuerdan los poemas de John Cornford, también en plena guerra civil española: «Al atardecer se alza el viento / a recordarnos que el otoño viene, yo, yo tengo miedo a perderte / y tengo miedo a mi miedo»; relaciones clásicas, amores clásicos, en estos contextos y bajo estos niveles de presión y miedo al miedo no sobreviven tampoco en absoluto bajo estos cielos llenos de golpes, temores y grises expectativas, por demás mínimas, pues el amor formal o romántico exige una extensión, una proyección en el tiempo y el espacio, una mística, por la cual darlo todo, aparentemente sin reservas, una constante presencia del «otro»; que éste, a su vez, no desaparezca a causa de un secuestro o por el cumplimiento de una tarea asignada lejos de allí, sin juegos subrepticios e infantiles de desaparecer, posibilidades, todas ellas, en este caso tarjadas y negadas.

Surge la tentación de llamarlos amores cobardes «que no llegan a amores ni a historias, que se quedan allí en donde ni el recuerdo los puede salvar» al decir de Silvio, pero no es tan mecánica ni simplista la secuencia de análisis; estos son amores extremos, de límite, que lo exigen todo, «como mínimo la vida» si es necesario, que comprometen hasta la supervivencia no sólo de la relación, sino de la vida física y emocional del «otro» o «los otros»: sin apostar, eso sí, el futuro, pues éste lisa y llanamente no existe.

La supervivencia excluyente y egoísta, tanto de la relación, como de los seres, en casos extremos como este, es parte de un código individual grabado a fuego en nuestros genes desde siempre; no hay emoción, no hay pasión, no hay amor -a no ser que sea de padres a hijos, y por un asunto de continuidad de la especie-, que permita en su regazo siquiera la opción de sacrificarse por un «otro» cuando no hay nexos genéticos y cuando sólo los delgados hilos de la pasión y el sentimiento básico de común-unidad para la sobrevivencia mínima son el adhesivo central de dos «otredades» unidas accidentalmente por un contexto fiero y violento; como lo ilustra Charly García en su canción los «dinosaurios»  “Los que están en la calle pueden desaparecer, la persona que amas  puede desaparecer...cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada…”, ni siquiera la ideología puede contra este muro, ni siquiera el destino, ni un milagro; o se sobrevive o se muere en el intento, pero no existe la obligación ética o moral –obligaciones que han experimentado en este contexto también una metamorfosis-, o la posibilidad lata, siquiera, de estar atado a algo, de hacerse cargo de «otro» en toda la extensión de la palabra, o que otro se haga cargo de otra humanidad u otra «otredad» en plena guerra.

El adiós finalmente se presenta como algo urgente; más esperado y necesario que lógico, como un alivio añorado largamente, luego de cruzar un río nadando con alguien en la espalda, como visualizar, al fin, la otra orilla. El adiós también es en todo contexto un asunto de supervivencia y no es transable; siempre estuvo allí como opción escondida; de hecho es el mecanismo que nos permite huir de nosotros y nuestras responsabilidades, el último argumento o la última línea de defensa, por lo mismo, el adiós es nuestro más apreciado tesoro. Lamentablemente no hay adiós sin llantos, aunque éstos sean internos.

Se confirma, así, que la vida real, a través del rito, a través de la liturgia del adiós, se encuentra en cualquier lugar, menos en donde transcurre, deviene o se desenvuelve la relación, pues allí nada es posible excepto la supervivencia.

Si hubo un principio habrá un fin, si hay un lugar en donde nunca comienza nada, entonces en ese mismo lugar nunca nada terminará; el leit motiv, el juego dualista del autor que cruza muchas de sus obras y acciones en este período

Backstage

No es para nada curioso que se repita la «ley Neruda»: «el amor siempre es más corto que el olvido», pues de una u otra forma estamos hablando del amor; la perspectiva desde la cual lo estamos observando no es, obviamente, la usual, pero esta situación no impide absolutamente para nada, que de la misma forma los requiebros, las reflexiones, los sentimientos de culpa, el sentimiento de más soledad y vacuidad aún que en un principio, y que confirma la regla sobre lo innecesario del sentimiento «normal» en tiempos de ira, garanticen un largo proceso de olvido, terapéutico, urgente y necesario.

La separatividad esencial y cósmica del ser humano desde que es arrojado a un mundo inhóspito; desprovisto de armas, garras, corazas, pelaje, colmillos o veneno -al contrario del más nimio de los animales- hasta su muerte desagradable e irremediable, acompañarán, desde este momento en adelante, probablemente de por vida y de por muerte a ambos seres, en el cigarrillo cotidiano, en la espera del bus, en la manifestación, en la cama, en la constitución de otra relación o de si mismo, e incluso, en las horas y momentos más íntimos y domésticos, como una cadena invisible y pesada, como parte importante de un existir multidimensional fragmentado a causa del ambiente enrarecido de una guerra permanente, como un síndrome postraumático, en fin, como un fantasma y para hacer más llevadero el duelo de la separación sabida, mas no aceptada, y de esta forma poder sobrevivir, surge el argumento lógico de: «tal cosa llamada amor jamás existió»:

 

Ahora que lo pienso  tal vez jamás exististe 

Hice preguntas como un C.N.I.

 

Espié ventanas 

hice chequeos

golpeé puertas de casas  y departamentos

que siempre  estuvieron mudos y desiertos 

A veces había en el aire   un vestigio de vida

como si un instante antes  te hubieses evaporado 

con tus colmillos de plástico

o un cigarrillo recién apagado

o un evanescente perfume a ser humano  

 

Ahora que lo pienso

tal vez sólo fuiste una sombra extradimensional

un hiperholograma sutil

ambiguamente sangrante y vacío

letal como estas horas

 

Finalmente, el súmmum de la poesía «amorosa» de Ibáñez, la contradicción vital de desear lo que se fue o desapareció dejando en prenda la sensación de que cuando se tuvo no se pudo aprehender, apreciar o agotar; el infierno de no poder deshacerse de su recuerdo; la inevitable duda de si todo puede sobrevivir en alguna dimensión desconocida de nuestra retícula neuronal; la constatación de la bidireccionalidad de una emoción que se fue definitivamente, afectando por mucho tiempo, -más aun de lo que duró-, a dos «otredades»; la inevitable paradojal recurrencia a los estilos y cánones del amor perdido típico y formal, el regreso al punto inicial en la circularidad de la causalidad; el expresar en un poema, no con palabras, sino con lo que no se dice o no se puede expresar con palabras; su condena a no olvidar… Eva.

 

Eva se come la manzana parada en una esquina

-bajo la luz de un farol-

 y espera un bus que nunca vi pasar

 

Solloza sobre el televisor encendido

miente...sonríe

y su grito se pierde  en medio de un tumulto enloquecido

mientras el ayer no existe

 

Y su cabeza en llamas como una carcajada flotante

 y su nombre que estalla en mis sienes

 y ella allí  en el mar...en la tundra

 también se despide de si misma

 se despierta con las sábanas pegadas al cuerpo

y susurra un nombre  que no es el mío...

 

Conclusión

El amor de pareja en un contexto violento de guerra contrainsurgente, o cualquier tipo de guerra, reflejado en la poesía de un autor cualquiera, buen  tema de sobremesa, pero no tan fatuo como el sexo de los ángeles.

Hoy en día un fantasma ronda por el mundo, una bruma que no tiene fronteras y nos alcanza a todos sin excepción, no es un fantasma tan gracioso -engañador en sus objetivos- ni social como el del siglo diecinueve, que dicho sea de paso dejó millones de muertos más que el nazismo, y fracasa rotundamente al caer sus muros; este otro está en nuestras casas aposentado desde hace bastante tiempo, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras áreas verdes y en nuestro vino; peor aún, está enquistado en nosotros y nosotros somos quienes lo portamos desde que nos levantamos hasta que nos dormimos, como un virus o un gen recesivo; es un fantasma más frío, que no reflexiona ni distingue; es tan monstruoso y terrible como el híbrido entre la teniente Ripley y un Alien-nodriza, sin emociones, no tiene ni obedece a un método, es omnipresente, omnipotente y omnisciente.

Paradojalmente tiene nombre y es perfectamente identificable y comprensible, pero no tiene centro ni ubicación.

Hablamos del «Poder», ese poder que empezó siendo liviana, ingenua e inofensivamente tratado en sus estadios iniciales, cuando se presentaba domésticamente como el «poder machista», «el poder económico», el «poder político» «el poder militar», etc., hasta que mutó de un momento a otro convirtiendo nuestra guerra personal y necesaria en un infierno complicadísimo a través de los años, en que, a ciegas, creemos estar luchando contra él, destruyéndonos día a día, pues los golpes de ciego van desde nosotros a nosotros mismos. Hoy este «Omnipoder», a estas alturas «Hyperpoder» sin darnos cuenta nos ha convertido en parte integrante de su estrategia desarticuladora del «ser», somos sus mejores clientes e increíblemente aspiramos a convertirnos en él; nos ha colonizado, domesticado, «pacificado» y estamos a las puertas de su triunfo. Su rizomática estructura, la diseminación, le han permitido al fin encontrar un argumento, la forma de invadir nuestras vidas y el planeta sin ningún esfuerzo y sin muertos ni heridos si lo desea; pero como aquello sería sospechoso, no es malo «crear» una guerra aquí, una hambruna allá, una pena de muerte mediática y con show incluido, un escándalo atómico, un desastre ecológico acullá, para mantenernos ocupados frente a la pantalla -videósfera que nos ama y a la que amamos sin contradicciones ni condiciones aparentes-.

Como siempre, la vida transcurre en cualquier lugar menos aquí, y los estilos, los movimientos de todo tipo, las estructuras, nuestra propia incuria y los añejos mapas intelectuales dominantes aún le sirven para mantener la hipnosis colectiva que nos conduce día a día al colapso universal. Entre estos elementos, destaca el amor, ese que ha sido detenido con el tiempo, momificado, criogenizado, rediseñado, con el fin de «mantenernos ocupados y no planear la subversión» no permitiendo con ello que el ser humano trascienda los límites de los sentidos para buscarlo más allá de sí mismo. El amor, ese amor normal «de antes», no el amor de guerra «contante y sonante», que no es para nada dulce y que se transforma en una molestia incluso; sino ese otro amor «adornado con nuestras necesidades y carencias y que salimos a buscar cada día después de almuerzo»; ese que ha sido ya genéticamente manipulado y que ahora le es funcional al «Hyperpoder»; ese otro persistente reflejo atávico y ancestral de hace billones de años y muy probablemente no de aquí, cuando todo era diferente y nosotros aún no éramos, y que al ser, al constituirnos en seres humanos, adornamos y disfrazamos, para defendernos, para ocultarnos, para evitar, obviar e incluso negar, una realidad desnuda, cruda, fría e indiferente como una máquina que además, sólo desea deshacerse de nosotros.

¿Puede el amor general tener un objetivo -fuera de descargar orgiásticamente nuestras tensiones a través del orgón terapéutico y sanador de Wilhem Reich en un planeta-sistema que nos mantiene esclavizados, encadenados al suelo sin darnos cuenta?. Algunos dirán que es nuestra salvación, pues gracias a él hemos permanecido sobre la faz de la tierra como especie y en la cúspide de la pirámide, -como el predador por excelencia, en realidad-…pero ¿Qué es salvación?, sabemos que estamos conectados a una gran telaraña, que podemos desconectarnos aparentemente de ella cuando no la necesitamos; sabemos que nuestras experiencias y conocimiento pueden ser muchos e importantes en cantidad y calidad, pero sabemos también que no lo cubren todo, que como nodos de una red o como partículas de un fractal, tenemos límites en nuestra capacidad de almacenamiento, asociación y procesamiento; que nuestra retícula neuronal establece las relaciones a nivel lineal y de profundidad con un escaso nivel de comprensión de nuestra propia parte, - somos parte del círculo-, por ello sabemos también que la única forma de pertenecer, de «ser-humano», de validarse como ente legítimo y acceder a ese conocimiento, a esa fuente de vida, saber e información es volviendo a conectarnos, amplificando con ello por billones nuestra escasa comprensión y vida…pero esto sigue siendo esclavitud o drogadicción, pues además el amor que creemos real y único o la esencia de ese algo llamado amor es un concepto que no ingresa aún al sistema, y probablemente no lo haga nunca, no entra en el fractal, pues todo allí es información y sólo información.

Realidad, virtualidad -lo real sin origen ni realidad-; amor, guerra; Dios y hombre, lo importante y esencial para la especie; salvación y amor, entonces, en ese lugar, son sólo una cosa: datos y metadatos, o datos que hablan de otros datos.

De qué salvación hablamos entonces?, ¿Quién salva a quién?, si el ser humano ya ha comprendido que no puede ser salvado -al menos como especie y físicamente por el propio ser humano- que, a su vez es quien ha desencadenado una serie de hechos que lo llevan sin retorno al caos entrópico que él mismo ha provocado, ¿Existe la posibilidad de una entidad fuera de él que pueda salvarlo?.

Hay una respuesta emergente, por lo menos. Si nos hemos mantenido como especie en la faz del planeta y en el final de la cadena trófica hasta ahora no ha sido precisamente gracias al amor que somos capaces de explicitarnos unos a otros, pues como seres en constante peligro de extinción -o extensión- a causa de nuestras propias estupideces tendemos a crucificar, a sacrificar o a quemar sin excepción a quienes nos hablan de amar, salvación o de avanzar; muy por el contrario, pareciera muy claro a veces, en especial en estos días, que lo que nos mantiene vivos y despiertos no es precisa y evidentemente el amor, sino paradojalmente la muerte; amor y muerte, la cacofonía dialógica eterna entre eros y tánatos; de ésto, de nosotros mismos, de nuestra esencia, no podemos ser salvados. Muy probablemente a estas alturas y ante los antecedentes que cada día se suman sobre nuestra situación «salvar» ya no sea un verbo legítimamente válido, viable o efectivo para describir lo “en vías de desaparición”.

Tal vez esta vida es el enemigo, ese «gran poder» que nos tiene sumidos en una ilusión colectiva que algunos ya han comenzado a vislumbrar…tal vez nuestra lucha resistiva contra ese poder no sea otra cosa que el deseo de regresar a un estado prístino, primario, del cual nunca debimos separarnos…tal vez nuestra lucha contra ese poder, paradojalmente, no sea otra cosa que los vestigios de una resistencia que nunca fructificó.

Hemos visto cómo y de qué forma el amor de estado de emergencia, lo es, sin ser un amor de nuevo tipo; mejor aún, cómo funciona en un contexto que nos es, como mínimo, ontológicamente adverso y para nada normal. También, haciendo un ejercicio de extrapolación no muy meticuloso, pues ni siquiera es necesario ser muy detallista para ello, a través de lo anterior podemos ver de qué manera gran parte de los escritores de la «generación NN, invisible o muerta», del Chile y/o del Temuco del 80, del Concepción del 80, del Valparaíso del 80, estarán condenados de por vida, a «ser» y a “vivir” el amor y sus vidas en estado constante de emergencia, no solamente como una vida llena de sobresaltos y alertas a lo que pueda ocurrir en cualquier momento, como en un contexto de guerra, sino también esa condena terrible a ser «escritor de emergencia», «autor siempre emergente», «autoeditado», sin existencia o continuidad aparente en «el medio», hasta que un «litearquéologo» los descubra; sin capacidad ni posibilidad de editar y publicar sus obras, pues para ello debe enfrentarse al fantasma de los recursos o al de los proyectos entregados por el sistema, ese mismo “sistema-rizoma” dominante y panóptico contra el que luchó con todas sus fuerzas y por el cual fue, en cierto sentido, vencido. El estado de emergencia en el sentido de la guerra y el estado de emergencia en el sentido del nonato social en el «habitus», con el síndrome del niño eterno del que nos habla Jung, aquél que nunca madurará, no a causa de sus plausibles incapacidades, sino a causa de la incapacidad de un sistema para detectar sus áreas de crecimiento autorreferentes, promoverlas, difundirlas; en otras palabras la incapacidad de ese mismo sistema para madurar y crecer, para desarrollarse y permanecer.

Hemos visto cómo la relación, en un contexto como este, comienza con un encuentro en el que, en ese mismo momento se establece la finitud de esa relación, como un contrato a plazo fijo; un amor con advertencias en un contexto que no advierte nada y que golpea, hace desaparecer a los seres, las expectativas, el mundo y su certeza, las proyecciones y la continuidad propia de un relato coherente sobre esa misma realidad. Hemos visto cómo en nombre de la sobrevivencia emotiva para lograr un equilibrio mental en aquel desequilibrio entrópico y total, se acepta implícitamente el luciferino pacto y los riesgos adyacentes; el daño colateral. Entonces es allí en donde secuencialmente surge la unión que funge como un tronco de apoyo para no hundirse en el marasmo cotidiano de un contexto panóptico, controlador y castigador, contrainsurgente y sistemáticamente aniquilador del «ser». Su eje, la pasión sexual es centro único, a través del cual el ser humano puede abandonar la matrix y distenderse para retomar luego la lucha; centro breve e intenso como el clímax, centro deseado y riesgoso, pues deja al ser humano en una indefensión total y peligrosa, razón por la cual no puede durar demasiado sin arriesgar la sobrevivencia, como un lazo sustancial entre dos, pero hipotecado, acotado, finito y frágil. Aún así, aceptable.

Hemos visto de qué forma la vida y el funcionar en este eterno retorno, agota, ahoga, cristaliza y detiene, siendo la huída constante la única forma de retomar «el hilo conductor»; huir, deshaciéndose lo más pronto posible de ese «otro», de sí mismo, incluso huir de ese «otro» sin separarse físicamente de él, que además de traer sus angustias y sumarlas a las de la pareja impone su existencia también aplastante, lo que es mínimo e irrelevante si no sumamos el contexto del miedo y la lucha en contra de un sistema que lo controla todo. El paso siguiente es el adiós y la «ley Neruda» que funciona y da buena cuenta de este amor existencial estresado y angustiante, pero salvador y utilitario -por un breve momento deseado- como funciona en todo tipo de amor, sobre todo hoy en nuestros días; y finalmente hemos comprendido que no es otra categoría de amor o de otra especie; no es algo inventado o creado, o de generación espontánea; es el mismo amor de todos y cada uno, que hemos internalizado desde siempre hasta hoy.

El amor y sus «signos identificatorios», los que manifiestan lo específico del amor, dependen del contexto, del bagaje intelectual, moral y emocional, entre otros elementos, de cada uno de los que conforman la relación, sean éstos dos, tres cuatro o más personas; no hay límites, esta gran emoción es elástica como la libertad, no existe una sola aplicación de ambos conceptos -amor y signo, género y número- y es una falacia afirmar que el amor es uno o único, o que se puede amar sólo a una persona y no a más simultáneamente, porque el devenir nos muestra constantemente otra cosa. Es un amor distinto dependiente de las situaciones y las reacciones, sin caer en lo contestatario o en lo reaccionario. Un amor en estado de sitio que no puede ser en absoluto cobarde, al contrario, se pensaría más de dos veces antes de sumirse en esas aguas turbulentas; no es, tampoco, una película de aventuras en donde todos son conscientes de sus responsabilidades, papeles, roles, y enfrentan sus conflictos y solucionan problemas de una manera novelada, exacta y acertada; es una relación biyectiva, maltrecha y a retazos, con sus errores, pero relación sin lugar a dudas y donde hay relación, entre dos o más, puede haber ese monstruo mitológico que llaman tan insistentemente todos, como queriendo aferrarse a una última esperanza: AMOR, así con mayúsculas, como  algo innombrable por su pureza e intocabilidad, siendo otro el punto de inflexión: que la diferencia con el otro tipo de aplicación de este sentimiento radica en que no es garantía de una relación de veinte o más años, no es un amor prístino, puro, diáfano y dulzón, virgen como el de los cuentos de hadas o de las películas que el rizoma nos quiere hacer tragar como una rueda de carreta. Es un amor de guerra, de acompañamientos vitales y esenciales, nunca irrelevantes, nunca superfluos, a ratos valiente, tierno y violento, es un amor de urgencias, sin velos ni pliegues, transparente, sin delicadezas innecesarias.

No es un amor nuevo o inventado por filosos filósofos de post guerra, es simplemente una aplicación pragmática de algo que no lo es y que probablemente se dio mucho en la era prehistórica, época en que o éramos nosotros o las bestias que nos podían devorar.

Finalmente hemos conocido el ciclo completo; más aún, debido a que en muchas oportunidades hemos experimentado ese «amor de estado de guerra permanente», curiosamente no estando en guerra, sino ahora y aquí, hoy día, en nuestro devenir, en nuestro tráfago cotidiano, en la soledad de nuestras otredades; hemos comprendido entre líneas que es este amor de estado de emergencia  lo que signa, cruza, identifica y caracteriza con mucho a nuestra cultura de masas, el sentimiento capital que secciona transversalmente nuestra era de la información, a nuestra sociedad de redes; mayoritariamente y en especial al segmento joven.

Esto último nos indica que algo muy extraño está ocurriendo a nuestro alrededor

Notas.

(1) Febrero 84 diario austral 3-2-84 descriptores 02.10 01.2.5.5 Asociación Ad Mapu: Dudas sobre causas Una declaración pública en la que plantean su profunda preocupación por las extrañas circunstancias en que pereció el estudiante de Pedagogía de la Universidad Católica, sede Temuco, Manuel Melín Pehuén, de 24 años, dio a conocer ayer Ad Mapu. La directiva nacional «realizará todo tipo de gestiones para aclarar estos hechos y dejar «vislumbrados» las verdaderas causas».

(2) Giddens hace la distinción entre amor romántico y confluente, al explicitar a este último como el amor de contrato civil, en que las parejas de este momento se forman no poniendo al sentimiento como eje de la relación sino, la carrera, la especialidad y parámetros más pragmáticos y utilitarios que garanticen la sobrevivencia económica y un status adecuado de acuerdo a sus expectativas.

(3) Poemas tomados en su mayoría de "Los amores de beretta" "Rojo,negro y adiós a las armas" y "Sobrevidas", libros publicados en la década del 80 y 90 en Temuco, Chile