Visiones de un Temuco desaparecido

Dejemos algo claro desde el principio: Santiago no es Chile. Mucho menos si hablamos de literatura, menos aún si hablamos de poesía. Basta considerar que tres de los cuatro poetas fundamentales de nuestras letras no nacieron en la capital: Pablo de Rokha era de Licantén, la Mistral de Vicuña y Neruda nació en Parral, para luego asentarse en el viejo Temuco, ciudad vapuleada y solitaria que es la piedra angular del presente libro.

Y podemos sumar casos más actuales. Por ejemplo, la labor realizada por algunas editoriales como Cinosargo en el norte e Inubicalistas en Valparaíso; o lo que hace continuamente Mosquito Editores, aunque en estos últimos la mayoría de las veces se sacrifica la calidad por ese testarudo afán descentralizador, casi sin filtro ni edición crítica. Y si nos vamos al siglo XX, está Teillier, está Gonzalo Rojas, está el centenario Parra, los poetas mapuche de los 90 y suma y sigue.

Por lo mismo, la afirmación de partida es que la visibilidad en regiones no es nula ni excluyente. Sólo es posible asegurar que la pelea por ella es más ardua, larga y compleja, y por ello mucho más sólida y gratificante. Para analizar bien Punman (Anochecer): Visiones poéticas del Temuco de los 80, tenemos que tomar en cuenta lo anterior y otro dato importante: en este libro no hablamos sólo de poetas regionales, oriundos del sur de Chile y la actual Región de la Araucanía, sino también de poetas de los 80, de ese punto muerto de nuestra historia del cual aún no logramos escapar del todo, y así el asunto se vuelve más espeso. Ahí comenzamos a entender con mayor precisión por qué hablamos de Generación NN, Generación muerta, Generación invisible y tantos otros apelativos similares (aunque al parecer los autores prefieren simplemente el de Generación del 87).

Al referirse a este contexto, la periodista Katherine Chávez, encargada de la introducción del libro, señala: "[...] todo acercamiento a la producción literaria de esta época nos remite a la acción política más que a cualquier otro tipo de análisis" (17). Y haciendo alusión directa a sus autores, asegura: "[...] les tocó vivir en el periodo más oscuro de la historia chilena de la mano de la poesía como un arma de militancia" (16). Y creo que tiene toda la razón.

De hecho, este libro no es una antología como tal, no busca reunir a los mejores poetas de Temuco en esa época y deificarlos en el Olimpo, si no más bien expone la experiencia de una hermandad de poetas ochenteros que buscan dejar registro, contar su testimonio, exponer sus heridas como tantos otros compatriotas de ese tiempo que se sienten pasados a llevar por el olvido y su ancha ingratitud. Sobre esto mismo, en el siguiente texto introductorio se dice: "Esta lucha los obligaría, en ese instante, más que a escribir y a publicar sus obras de manera formal, a sobrevivir en un ambiente hostil cuya poesía era urgentemente necesaria de vivir y respirar más que de imprimir" (21). Y esto habla de prioridades, de convicciones y de una lucha perdida desde un principio.

Ahora, el mayor problema es que varios autores de este compendio se quedan sólo en eso. A ratos se abusa de lo panfletario, de lo cliché, de las palabras manoseadas hasta al cansancio en discursos, protestas y actos políticos, sociales y culturales. "Musa / Que pierde mis caminos / En soñadas caricias / Que eleva las palomas / Que se escapan / De mi boca" (103), escribe Manosalva en un poema que más encima se titula "Musa", apelando a una retórica que nos da un siglo de desconfianza. Y en otro pasaje, Marta Manríquez escribe: "Y porque mi verso es siempre libertario / Y esta [sic] al servicio de quien justicia clama / Ahora grito alzando el puño / Libertad, libertad para el Sahara" (183).Y yo me pregunto: ¿Cuántas veces hemos leído o escuchado esto, vaciándolo así de sentido? Si se cree que lo dicho merece atención e incluso urgencia, ¿no será mejor darle la importancia debida y trabajarlo más, buscar palabras más adecuadas, reinventar y multiplicar su sentido a través de una renovación del lenguaje? Si no se le da esa importancia, entonces mejor ni escribirlo, o si no lo escrito se leerá insufriblemente cómodo y repetido, sin derecho a apelaciones.

En total, son sietes los poetas recopilados y sólo tres me parecen interesantes: Franco Ibáñez Zumel, Hurón Magma y Luis Riffo Escalona. Además de estos tres y los dos antes citados, están los tibios Tadeo Luna e Isaías Carrillo, de los cuales se dice poco y nada y se añaden escasos poemas, por lo cual analizarlos a cabalidad se vuelve estéril, intrascendente y especulativo.

A mi parecer, Franco Ibáñez Zumel es el autor más interesante de los publicados en Punman. Su obra es urbanista, arriesgada, atípica para el lugar común de la poesía sureña, tantas veces caricaturizada entre lo telúrico nerudiano, el larismo de Teillier y los cantos originarios. Por lo mismo, funciona como antítesis de lo que esperamos leer, nos caza por sorpresa y se revela como una poesía directa, honesta, distante y rupturista en relación a la de sus compañeros y compañeras de generación. "En realidad nadie pertenece a las ciudades –pienso– / los seres somos accidentales" (73), reflexiona el autor, o exclama: "Hundiéndose en el mismísimo infierno / de infinitos días sin finales esperables / los que rodeaban a aquel extraño Temuco esquizoide / de los ochenta", resumiendo así el drama de su época y de sus coetáneos, quizá incluso sintetizando la publicación de este libro, sin mayores redundancias.

Por otro lado, Hurón Magma es todo lo contrario: un autor a la medida de lo que esperamos leer –cayendo en la trampa de las caricaturas– en una revisión de poetas del sur chileno, aunque no por eso menos interesante. Versos como: "La sombra de los viejos coihues / No dejan que el sol se siente en el comedor / A compartir la soledad y un té en una taza saltada" (194), o "De repente / Esta manera de mirarnos / Como un aguacero que comienza" (195), nos revelan el estilo diáfano y natural del sur más entrañable, quizá sin ofrecer nada nuevo, pero demostrando que la calidad y la más sincera –y poco pretenciosa– originalidad también pueden encontrarse en la repetición de las viejas fórmulas.

Por último, la poética de Luis Riffo Escalona es de ideas claras, pero de mucho ripio. Usando un tono más discursivo que el del resto, el autor expone una poesía crítica, aguda y de imágenes bien logradas, que a veces me parecen precisas, como las siguientes: "estoy ebrio por fuera y por dentro de mi carne estrujada / por eso dibujo cuernos a marx, a jesús y escupo a reagan / y a sus actores secundarios, no pediré disculpas" (152); o a veces cae en versos sobresaturados y prescindibles, abusando de los adjetivos y de su propia acumulación, como en los siguientes: "un esbozo ilegible de héroe dispuesto a morir con los zapatos de segunda mano puestos / y una vez en el campo de batalla de la incertidumbre / constatamos nuestra completa carencia de superpoderes para vencer al destino" (157).

En general, estos poetas reunidos en Punman exponen su trabajo y nos cuentan sobre su amistad, sus anécdotas, su visión literaria y su punto de vista acerca de ese Chile ochentero del cual se ha hablado mucho, pero nunca deja de sorprendernos. Lamentablemente, a veces los textos críticos propuestos por los mismos participantes caen en un lamento que adolece de autobombo y victimización, pero lo terminamos digiriendo, aceptándolo quizá, al reconocer que el discurso se anuncia con honestidad y sin mayores pretensiones, descansando de la fanfarria típica de las antologías, evitando ese ruido blanco, esa pelea de gallos tras las bambalinas del cóctel.

De esta manera, podemos situar a estos autores –aludiendo a un ensayo de Naín Nómez sumado al epílogo– "en una <totalidad> literaria que incluye los sobrevivientes de las diferentes tradiciones anteriores, los autores canonizados, los autores rechazados por el canon, los poetas que lo rompen e incluso aquellos desaparecidos de todas las posiciones anteriores" (231). Sin lugar a dudas, los poetas publicados en Punman caerían en esta última categoría, pero se niegan a ella, la rechazan abiertamente y la combaten en este libro, sabiendo que su ciudad amada ya ha desaparecido y ellos se oponen a esfumarse junto a ella.


Anochecer (Punman): Visiones poéticas del Temuco de los 80,
de Franco Ibáñez Zumel y Miguel Ángel Manosalva
Casa Litterae Editores
Poesía y ensayo / 247 páginas