Casi nadie de Luis Riffo Editorial Bogavantes

UNO: EL SUJETO ROMÁNTICO

En una época de crisis de valores, en donde el hombre no es nada en sí mismo, solo una colección de papeles dictados por otros, sin un "yo" o una "identidad" real, propia; escéptico y desencantado frente a las promesas que hablaban de una vida plena, de bienestar y progreso, el poeta nos revela esa precariedad existencial propia de la crisis del sujeto moderno:


Los límites del día
Me levanto a buscar
mi cara en el espejo.
Imagino el mundo paralelo
en el fondo del azogue,
la inquietud simétrica,
la réplica exacta del tedio.
Nada de paraísos perdidos
ni eternos retornos
ni el fin de la historia:
Tan solo un día de trabajo
que empieza a apagarse
con la primera luz del día.

La crisis del hombre moderno se define, ciertamente, por la crisis permanente, por la duda, por el escepticismo y por la sospecha, pero también inevitablemente por una soledad descontextualizada, sin tiempo y sin espacio, es la pérdida del sentido en un mundo extraño, donde el poeta se siente extraviado y exiliado como si fuera un intruso en el devenir de la existencia misma:

El Intruso
Entro en mi casa
como un ladrón incauto
ajeno a su propio miedo.

Nadie me espera,
solo mi sombra se asusta
como un fantasma
ante su repentino reflejo,
su versión de carne y hueso
apretando un manojo de llaves.

Qué buscas, me pregunta.

Si lo supiera, le digo.
Si lo supiera.


La modernidad se gestó al alero de una razón todopoderosa, dogmática y excluyente. Una época donde si bien el sujeto era el centro de toda preocupación, también era la causa de su propia descomposición y disolución. Cruel paradoja esta, que la razón instrumental no lograra emancipar al sujeto moderno; sino todo lo contrario, lo condenara a la rutina y al hastío:

Ciudadano ejemplar
Camina a través de la oscuridad
que nutre sus nefastos presentimientos
y se refugia en la multitud que contempla
los electrodomésticos en sus altares,
cuentas de vidrio, fuegos fatuos ofrecidos
a cambio de una condena a trabajos forzados.

A veces percibe un silencio absoluto,
un secreto a punto de estallar en su cara.

Intenta guardar la calma, aparenta
una normalidad espeluznante,
se peina, lustra rigurosamente sus zapatos,
cumple sus obligaciones
con la exactitud de un asesino en serie.

El romanticismo es esa reacción contra el modo de vida de una sociedad indiferente y egoísta. El sujeto romántico tiene la conciencia de una pérdida, y su visión del mundo se caracteriza por ser dolorosa y melancólica, hasta el punto de ver el presente como privado de ciertos valores esenciales al ser humano.

El sujeto romántico es, de algún modo, nostálgico. Hay el sentimiento de una profunda insatisfacción por la condición humana que la siente escindida, desgarrada, insegura.

La nostalgia del sujeto romántico es la nostalgia de un paraíso perdido –el inconsciente, la infancia, la tierra de los antepasados-, es la nostalgia de un paraíso no sometido a la lógica del mercado. Es, por el contrario, una exaltación de la subjetividad como una de las formas que toma la resistencia a la cosificación de la vida. El sujeto romántico coloca el acento en el carácter único e incomparable de cada mirada subjetiva de la realidad. Frente a una naturaleza humana enajenada, una tecnología sin control y frente al desencantamiento del mundo, que no deja lugar al amor, a la tranquilidad, a la frescura, al misterio, el sujeto romántico se da cuenta que el hombre queda seriamente amenazado, que ha perdido el lugar central en la existencia. El mundo que describe el sujeto romántico es un mundo escindido, de sí mismo y del mundo que le rodea.

DOS: SUJETO AMOROSO

Ahora bien, frente a tanta desesperación y sin sentido, cómo es que el sujeto moderno puede sobrevivir y re-encantarse con esa existencia que se le revela solitaria y vacía, sin proyecto, sin utopías colectivas. ¿Dónde puede refugiarse este sujeto escindido de sí mismo y del mundo? ¿Cómo puede volver a habitar el mundo este sujeto desenmascarado y definitivamente huérfano?

Sin duda, es el encuentro amoroso con el otro:

Aquí el amor es una construcción, un territorio de encuentro; pero también un procedimiento lleno de la única verdad posible: comienza con un acontecimiento, el encuentro entre dos personas. Después para vivenciar la forma y las consecuencias de este encuentro, debemos encontrar un nuevo lenguaje. Un lenguaje que dé cuenta de la diferencia entre dos individuos.

Pero también es este encuentro en el amor, basado en la diferencia, que reconcilia al sujeto amoroso con la escritura y la creación. Así el ser humano deja de ser esa pasión inútil, que anunciara Jean Paul Sartre, en el momento en que asume que la vida no tiene significado cuando se pierde la ilusión de ser eterno. La escritura y el encuentro amoroso sería lo único por lo que valdría la pena vivir.

TRES: EL SUJETO POÉTICO

Aquí llegamos al tercer momento de la conciencia poética: el sujeto poético. Reconciliado con la existencia gracias al refugio que le entrega el amor, el sujeto amoroso también se reencontrará con la escritura, con ese deseo, tal vez infructuoso, de no separar literatura y vida. Este intento responde a esa necesidad que tiene todo ser humano –auténtico, diría Sartre- de querer trascender el sin sentido de la existencia ante una certeza, tal vez la única que tenemos, que es la muerte.

Teoría Literaria
Cuando escribo
todo tiene sentido.

Cuando vivo
nada tiene sentido.

Esta angustia existencial lleva al sujeto poético a considerar el arte como la única salida para llevar una vida original y auténtica. De ahí la necesidad de inventarse otra realidad, puesto que la propia está condenada al fracaso.

Y es ahora el momento en que el sujeto poético nos propone una reconfiguración ética de la subjetividad; puesto que el sujeto poético no se configura con el otro, junto al otro, o contra el otro. El sujeto poético se construye frente al otro. El sujeto poético sabe que "yo soy tú cuando yo soy yo", dice Paul Celan.

El sujeto poético sabe que necesita de otro lenguaje para resignificar la realidad. Y el único lenguaje capaz de renombrar y reconocer al otro en su infinita subjetividad es el poético, sobre todo en un mundo donde las palabras han perdido su sentido original. Por eso, el sujeto poético es un sujeto ético, el único capacitado para devolverle al sujeto escindido de sí mismo la capacidad de asombrarse ante el brillo de una mirada.

Lectura
Yo también creo que la poesía
no sirve, no salva
y el fuego que incendia la sangre del poeta
no es más que futura ceniza,
como ilusoria es la plenitud
después de escribir un poema.

Pero no puede ser mentira
ese brillo en tus ojos
cuando lees en silencio
estos versos inútiles.

Es en esta paradoja irónica que nos plantea el poeta -la inutilidad de la poesía- donde reside el valor mismo de la palabra poética. Porque hay algo de verdad en lo que nos dice el poeta, la poesía no sirve para nada, salvo para vivir.