Apuntes rurales: "Camarote", de Nicolás Meneses.

Santiago de Chile, esta ciudad hedonista y autorreferente, también tiene sus puntos de fuga. Si nos fijamos bien, se desconoce a sí misma en Puente Alto, Pirque o San José de Maipo. Nos muestra su cara B en Buin, María Pinto o Melipilla. Porque estas tierras de nadie son nuestro imaginario más oculto, nuestra propia provincia. Lugares con ánimos separatistas conscientes o inconscientes, donde la gente se desencuentra con el centro y le llama "ir a Santiago" al mero hecho de desplazarse hacia el eje de la urbe.

Con una calidez entrañable y una genuina reflexión sobre los márgenes, Nicolás Meneses deja constancia de esto en Camarote. A través de una narrativa de alto valor poético, nos cuenta que Buin no es Santiago y que allí existe un poblado llamado Linderos que le hace gala a su nombre. De hecho, en el último texto –el único del conjunto escrito en versos– nos parte diciendo: "Linderos fue un nombre / que inventaron / para que yo viviera: / una palabra / que colinde / con el límite de las otras / palabras" (55). Ciertamente, lo rural se mantiene como la eterna antítesis de lo urbano y los límites se nos revelan como desafortunadas ficciones habitadas por gente demasiado real, como los dos niños protagonistas de esta historia fragmentada.

La narración está dividida en pequeños textos desperdigados por el libro, sin ninguna linealidad posible, donde los personajes principales son el hablante y su hermano, además de la abuela que los cuida como puede. Su relación es dulce y agraz, pero al lector le terminará pareciendo afectuosa, sin terminar nunca de respirar esa violencia implícita –y a ratos explícita– que habita este tipo de contextos, donde la agresividad es sólo una metáfora brusca del amor filial. "Rancheras acompañan la tarde de la abuela", nos cuenta el autor. "Se oye su tema favorito. Nos ofrece cien pesos si lo cantamos" (15). O también: "Mi hermano volvió a juntarse con sus amigos en el recreo para ir a robar paltas a la parcela. [...] Los mandaron a inspectoría y de ahí para la sala. A todos les citaron al apoderado. Mi abuela le pegó" (19).

A pesar de esto, hay un elemento que une a la familia irreductiblemente: la televisión. "La tarde avanza con la pauta del control remoto" (13), nos dice Meneses, para luego rematar la misma idea más adelante: "Salir sólo sirve para interrumpir el programa. Los canales de televisión están comprometidos con la abuela (35). De esta manera, la tele se nos presenta como una especie de fogón, donde la familia se reúne a repetir ese pequeño ritual de matar el tiempo frente a la pantalla, siempre monótono y adictivo.

Pero aquí la tele no consume a niños y niñas. No es un ente invasor, sino otra simple diversión dentro de las posibilidades de juego que entrega este campo abierto. Por ejemplo, se nos dice sobre la captura de pirigüines: "La zanja que divide reja y vereda al estilo medieval evita invasiones de reinos enemigos. Con la llegada del agua el perímetro se llena de pescadores infantiles con botellas plásticas atadas a una pitilla" (32). O sobre el fútbol: "Entonces vamos a la cancha de enfrente, armamos dos equipos, nos tiramos al cachipún y pichangueamos hasta que terminan todas las comedias en esta parte del mundo" (13). O sobre la tonta travesura de invocar al jóker: "Dijo que habían dibujado una estrella en el piso, prendido una vela y acomodado un espejo. [...] Mi hermano me dijo que cuando se apagó la vela no pudo ver lo que pasó. Pero sintió una risa tenebrosa" (16).

Como se puede apreciar, es la mirada del niño la que prevalece. Nicolás Meneses logra retrotraer el tiempo y narrar a partir de sus propias experiencias infantiles, quizá sin aportar nada nuevo al viejo tópico de la infancia, pero sí relatando todo técnicamente bien, presentando fragmentos de una prosa poética impecable y eludiendo el discurso fácil, delimitando objetivamente sus propias zonas de interés. Esos son los puntos más altos de Camarote. Esas son las armas con que el autor se defiende mejor. Lo demás tiene que ser leído entre líneas, situándose en los linderos de las grandes ciudades y traspasando las vallas de protección de este Buin tan borroso como cualquier otro recuerdo.

 

Balmaceda Arte Joven Ediciones.
Narrativa. 55 páginas.