Anti-entrenamiento: "Facsímil", de Alejandro Zambra

Parto señalando un detalle que me parece importante: Facsímil, el último libro de Alejandro Zambra, puede comenzar a leerse desde antes de abrirlo, e incluso desde antes d Porque hay símbolos y una suerte de mensajes subliminales que hay que decodificar antes del libro en sí. Por ejemplo, el autor alejándose de las editoriales "grandes" para publicar en Hueders; o el mismo autor experimentando con su estilo ya reconocido para proponer un libro inclasificable; o el hecho en sí –tonto quizá, pero a mi gusto interesante– de ver al autor en vitrinas independientes, fuera de lo que antes podríamos suponer, y la curiosidad de saber si esa jugada resulta o no.

Por mi parte, inicié mi lectura desde esos detalles nuevos, curiosamente anexos a la obra de Zambra, que despiertan un interés mayor al darnos cuenta que la estructura del libro rompe con el formato habitual de la narrativa –y del autor en sí, por supuesto– para invitarnos a un conjunto de textos lúdicos, basados en la antigua Prueba de Aptitud Verbal, escondiendo en ellos una crítica abierta a la vapuleada educación chilena, a la cual todos y todas reconocemos como paupérrima, pero esta vez bajo la lupa de un autor que ya había iniciado su arremetida con Formas de volver a casa  y Mis documentos, pero que ahora dio un paso más allá y, de una forma u otra, subió la apuesta.

Facsímil cuenta con 90 preguntas que juegan a ser un cuadernillo de la obsoleta Prueba de Aptitud Académica (con una hoja de respuestas incluida al final), pero que, en vez de contener la típica materia a revisar, está repleto de chistes buenos y malos, retruécanos, sentencias agudas, pequeños relatos, borradores de cuentos y mucho más. De hecho, en poco más de 100 páginas, Alejandro Zambra sintetiza sus inquietudes literarias, nos muestra su caja de herramientas y fabrica un libro-prueba que aborda los temas de su obra completa (la mala educación, los traumas de los hijos, los amores extraviados, etcétera) en un formato más osado, corriendo el riesgo de que el presente libro caiga en manos de nuevos lectores que no alcancen a entenderlo a cabalidad, ya sea porque no han leído sus libros anteriores o porque el exceso de fragmentación y/o experimentación no logren su cometido; pero se arriesga, cruza el río y se moja en ello, y eso en sí ya me parece importante.

Considerando lo anterior, es llamativo ver al autor jugando con su propia imagen, cuando en una pregunta basada en el ítem de eliminación de oraciones, en el cuarto apartado de este libro-prueba, haciendo alusión directa al hijo de Manuel Contreras como interpelador, señala: "Aplausos para el escritor, por ingenioso. Apláudanlo como hay que aplaudir a esa gente. Apláudanlo en la cara, con ambas manos, hasta que sea imposible saber de dónde sale la sangre" (58). Y es entretenido verlo cerrar el libro con un buen chiste, cuando en la página final, en la última alternativa de la pregunta Nº 90, declara (aludiendo a un personaje y apelando al lector, pero quizá también a su propia biografía, recordándonos al padre de Formas de volver a casa ): "Le regalaría a mi papá un loro, pero antes de dárselo le enseñaría –al loro– a decir: viejo culiao, viejo culiao, viejo culiao" (104).

Sin ir más lejos, Facsímil parece ser la reinvención de un autor que se niega al estancamiento, que lucha por no dejarse encasillar, archivar y resolverse fácilmente, apostando por la renovación a pesar de ese aparente éxito donde muchos otros se echarían a descansar, subiéndole la dificultad a esa agradable prueba que es leer y comprender su literatura. Y con eso bastaría, pero hay más, ya que muchas veces la crítica que está explícita en este libro logra golpes notables, de gran repercusión, sobre todo en una historia sobre el Instituto Nacional que se emparenta con lo ya expuesto en Mis documentos, al comienzo del quinto apartado de este libro-prueba, donde un profesor le dice a sus ex alumnos: "Los prepararon para esto, para un mundo donde todos se cagan entre sí. [...] no se preocupen: a ustedes no los educaron, los entrenaron" (78). Y me gusta entender este libro justamente como lo contrario: como un anti-entrenamiento, como una prueba para ver si estamos o no preparados para desaprender y comenzar a aprehender todo una vez más.