El cepillo de dientes de Jorge Díaz

Es realmente impresionante que a partir de su estreno en Santiago en 1961 “El cepillo de dientes” por el Conjunto Teatral Ictus, haya logrado imponerse como una obra fundamental para el teatro chileno, con resonancia internacional en Latinoamérica, Estados Unidos, España y otros países europeos.

Representada innumerables veces y en diversas versiones no pierde su vigencia en la época actual. Junto con “La cantante calva” de E. Ionesco, presentada por el mismo Ictus el año anterior, rompieron con el lenguaje teatral tradicional en Chile, transgrediendo tanto la linealidad del discurso, la motivación psicológica y el contrato mimético entre otros factores importantes, pero por sobre todo al rompiendo la dictadura de la razón en el fenómeno artístico. Así trayendo a Chile el llamado teatro del absurdo cuyo impacto a nuestra concepción nacional del fenómeno escénico no ha sido valorado en su auténtica dimensión. Muchísimas de las nuevas tendencias deben más de lo que se imaginan a la ruptura que provocó esto que dio por llamarse “teatro de vanguardia”.

En el caso de “La cantante calva” de Ionesco, presentada anteriormente por el mismo se consideró una pieza de elite europeizante y que pasaría de moda, pese al reconocimiento y al éxito que tuviera en países, cuyo teatro es mucho más avanzado como en Argentina, por ejemplo. En el caso de “El cepillo de dientes” el salto significativo está en que Jorge Díaz adapta, concibe los procedimientos del absurdo en una realidad chilena vigente a su época, realidad burguesa es verdad, pero también parte de nuestra realidad. Jorge Díaz no se distancia ni la critica desde fuera, sino que la expone desde su interior, dejando que ella misma se delate en su propia incongruencia. Es el procedimiento de la afirmación que se niega a si misma revelando su lógica inconsecuente y revelando el sin sentido que se ha impuesto como el sentido común de toda una sociedad. Ejemplo de lo que afirmo es entre otros, la televisión en Chile, que “rediseñando nuestra manera de vivir” ha contribuido a crear una realidad tan absurda como el “El cepillo de dientes”. Los debates políticos comprueban que “La cantante calva“ sigue vigente en nuestro medio y que el teatro del absurdo no es exactamente irreal.

No voy en este COMENTARIO a extenderme en la teoría y práctica del teatro del absurdo, aun cuando habrá al menos un 90% de gente que se dedica al teatro que lo desconocen, pese a que este texto surge de las grandes vanguardias a nivel mundial en todas las ramas del arte. La crítica teatral (que en Concepción no existe), las interminables polémicas que se han dado mundialmente al respecto (Brecht versus Ionesco, por ejemplo) las historias del teatro, las teorías del arte y la comunicación, la teoría literaria y teatral que lo han venido estudiando y vuelto a estudiar son exhaustivas.

Es imposible llevar un registro logístico de las representaciones que se han hecho sobre “El cepillo de dientes”, tanto en el extranjero como en Chile. Aquí en Concepción, por ejemplo, casi nadie sabe que había sido producida dos veces, la primera dirigida por Ximena Ramírez y la segunda por Domingo Robles. Se han intentado diversas versiones y experimentos en escenarios a través del mundo (con mejor o peor resultado), las antologías que la incluyen son numerosas, se estudia en universidades y hasta en algunas escuelas secundarias. Yo mismo la he visto representada tantas veces, la he enseñado durante mis 40 años de profesor en Columbia University, Barnard College, la Universidad de Cincinnati y otros lugares, he escrito artículos y hasta he actuado en ella, la he dirigido (lo cual me valió una nominación). En consecuencia es un texto que me agota y confieso que fui a verla por obligación y porque ustedes mismo me han bautizado como “crítico”. Para mi sorpresa me encontré con una buena representación, honesta, a un nivel superior de lo yo pensaba.

Después de su rotundo fracaso con su texto “Manuel Rodríguez”, Díaz reconoce que es otra la dirección que su teatro debe seguir. Así surge su primera obra “El cepillo de dientes”, esta vez solo como obra en un acto. Años después decide agregar un segundo acto y lograr una función completa. Cuando dirigí esta obra en 1981, esta nueva versión me ofreció dudas y dificultades que creo haber solucionado bien. La estructura del ahora primer acto de la obra está perfectamente concebida. El círculo del desayuno queda bien cerrado, EL estrangula a ELLA (su mujer), arrastra el cadáver al dormitorio y reordena la sala a su gusto y conveniencia masculina. Quedaría impuesto el mundo del hombre si no fuera por una voz de mujer que pide entrar. La respuesta de EL, ya famosa en el mundo teatral “Pasa, Antona, el cadáver está en el lugar de siempre,” sugiere que el círculo se seguirá repitiendo y nos hace pensar en que todo ha sido un juego, el que tendrá que repetirse indefinidamente para poder estructurar y dar sentido a su vida. El segundo acto revierte totalmente el primero, ahora ELLA es Antona la empleada y todos los elementos escénicos han cambiado de lugar. El espacio ha rotado y el espacio de EL está en el lugar de ella. El problema en el texto así concebido es que este procedimiento tiende por el contrario a ser mucho de lo mismo y la obra a mi juicio tiende a decaer en la monotonía. Para que esto no suceda, el director debe recurrir al mayor potencial de su imaginación, llevar a cabo cambios y recortes necesarios. Además el final es explicativo, haciéndose ahora explícito que los personajes juegan para vivir y que ambos se aman y son felices jugando. Todo esto resulta sumamente inconvincente y requiere del director un cambio sustancial al llevarla a escena. No haré referencia a las formas como otros directores o yo han lidiado con esta falla del texto. Me limitaré a la versión que vi días atrás.

Julio Muñoz da un vuelco sencillo y eficaz al texto. Une ambos actos sin cambio de escenografía. Aliviana la segunda parte y elimina el final del texto escrito. ELLA ha intentado envenenar a su marido al comienzo de la obra, lo cual ha quedado en suspenso y sin resolución. En la versión de Muñoz, EL bebe el café al final y muere envenenado, ELLA arrastra su cadáver al dormitorio y se sienta en la silla de EL, repitiendo la misma frase “…el cadáver está en el lugar de siempre”, cerrándose la obra de manera perfecta. El círculo que anuncia el primer acto queda completo, dando lugar a muchas interpretaciones y ofreciéndonos un final más acorde a las diversas teorías de género en vigencia (lo que en el texto escrito queda sólo balbuceado). Otros pequeños cambios como los referentes a los artículos comerciales, se imponen necesariamente si queremos una versión actual y están cuidadosamente dosificados. Es este un caso de una transformación del texto original que está completamente justificado y nos trae a nuestro propio contexto.

La dirección de Julio Muñoz es sobria, bien llevada y sin perder el ritmo que la obra necesita. La escenografía es reducida al mínimo centrando más la atención en la interacción de los actores y el dialogo que en accesorios visuales que distraigan sin aportar nada significativo. La actuación en ambos casos es bastante buena y puede decirse que este elenco se acerca muchísimo al nivel profesional.

Finalmente diré que celebro la selección Julio Muñoz de ambos clásicos del teatro chileno e internacional. Era necesario dado el desconocimiento absoluto que las generaciones más jóvenes demuestran

de su propio teatro.

Fin del COMENTARIO.

Pueden ahora tirarme todos lo piedrazos que quieran.

 


EL CEPILLO DE DIENTES de Jorge Díaz.

Producción: Teatro de la UCSC

Dirección: Julio Muñoz