Generación NN, divos y poetas: turbios sentimientos

Esta historia empezó en los años 80, cuando un grupo de poetas y escritores noveles se unieron y formaron la Gofradía NN-Sur -parte de la generación NN-, "La cofradía invisible", como la denominó el editor Luis Riffo. Era una poesía contra la dictadura que en ese momento asolaba a Chile. El escenario era el sur del país, la Frontera, Temuco, un Temuco provinciano, pasado a leña húmeda, cuando las distancias se recorrían a pie sin mayor esfuerzo.

Estudiantes de las dos universidades de ese minuto, un periodista escondiendo un cuentista fino, un artesano de la poesía, muchachos que salían recién al mundo...eso eran. No pretendían ser otra cosa.

Abrieron espacios, hicieron arte y poesía en momentos de miedo y al llegar la democracia se retiraron a sus cuarteles de invierno hasta que la poesía volvió a llamarlos y acudieron a encontrarse y a fundirse en un abrazo.

Pero no todos. Uno de ellos, Víctor Hugo Díaz, migró a Santiago antes de que la vida los disolviera. Mientras los otros terminaban trabajosamente sus carreras o cambiaban de rumbo, de país, de trabajo, él ganaba premios y era profusamente publicado, lo que le produjo una suerte de mareo.


Cuando la vida los reunió de nuevo, apoyados por la dirección de extensión y por Gilberto Triviños director de los programas de postgrado en literatura latinoamericana de la Universidad de Concepción y por gestiones de Franco Ibáñez Zumel, se buscaron unos a otros como cachorros, se olfatearon y se reconocieron, menos Víctor Hugo.

Hurón Magma, que vivía en Cunco, ciudad cordillerana no lejana a Temuco, buscó retomar la amistad perdida y a través de internet le tendió la mano preguntándole si era su viejo amigo, el que compartió con él tantas veces en aquellos años. Un escueto "sí " fue toda la respuesta. El viejo Hurón se quedó con la mano tendida y fue ignorado, porque vivía en una ciudad pequeña y no se codeaba con los dioses del parnaso literario. Había publicado un par de libros, pero no del tono que exhibía Díaz y era por eso indigno de su amistad.

Conozco a Hurón, que fue amigo de Jorge Teillier y Juan Pablo Ampuero, y sé que debió dolerle el golpe.

Franco invitó a Víctor Hugo a Traiguén, pequeña aldea donde vivo, a un encuentro de poetas. Hizo pedidos de divo: pasaje aéreo hasta Temuco (no pretenderán que me muela los riñones), alojamiento en el mejor hotel, todo pagado, claro, Si era un privilegio contar con su persona. A mi, que ingenuamente le envíe un poema, con aire de perdonavidas me ofreció presentarme a la gente adecuada. Mi poesía era, a su juicio, rebuscada y carente de aire moderno, me había quedado en San Rosendo, pobre Carmela.

Franco, más práctico, le anunció que no había privilegios, se amoldaba a lo que había o no venía y lo despachó rápidamente, conocía esta clase de personajes.

Encontré personalmente a Víctor Hugo en un encuentro en el auditorio de la Universidad de Concepción organizado y coordinado por Casa Litterae. Vociferaba llamando la atención, reclamaba por la sopa muy fría para su gusto, por la cama dura, los callejones sureños, como si viniera de Europa y no de Santiago.

Sí, era muy conocido, había recibido premios, había publicado más de un par de libros. Pero su poesía carecía de la belleza lárica de Miguel Angel Manosalva, del verso sureño de Hurón Magma, de la fluidez de Riffo, de la genialidad urbana y corporal de Franco Ibáñez Zumel.

Era un divo, un ser lleno de poses y vanidades...había cambiado mucho, tal vez siempre fue así y no nos dimos cuenta.

Cuando escribo estas líneas no abrigo por el muchacho nada más que una profunda tristeza. Lamentablemente hay muchos como él en este planeta.

Para Hurón, los poetas somos siempre amateurs del arte y es cierto. El verdadero poeta es aquel que escribe en un bar oscuro, en una servilleta manchada de vino.