Los amores de beretta: un prólogo

Para entender esta obra poética es necesario por obligación, a riesgo de caer en el sacrilegio que significa dirigir o reducir una lectura de estas características, retrotraerse a una época bastante compleja, difícil y extraña de la historia de nuestro país, los años 80; más aún, debe el lector ubicarse en una zona geográfica atávicamente fría, en una ciudad situada en los confines del mundo, existente y mítica a la vez, a trasmano, indiferente, con una sonrisa cadavérica para muchos; para ellos, una ciudad maldita en toda la extensión de la palabra

La escritura

El lector, como premio por decidirse a leer este libro, debe además, meterse en los zapatos y el cuerpo, encarnarse en el autor, ver a través de sus ojos, sentir el miedo, la impotencia, el hambre, el frío y abandono de un fugitivo, la paranoia a través de sus sentidos, caminar por las calles grises y heladas de esa ciudad, dividirse en sus roles de estudiante universitario de literatura, poeta, militante y finalmente amante.

Debe, el lector, sentir en toda su manifestación la soledad de "sentir" emociones que sabe nunca cristalizarán, amores incompletos, vacuos, traicionados y traidores, infieles, peligrosos, y especialmente sublimados, destinados todos a ser nada, a sumergirse entre otras prioridades y servir como escape. Amores condenados a ser tergiversados en pro de la sobrevida; su experimentación en tiempos del cólera, de la guerra y la ira, como lo único que es capaz de salvar a quien lo siente de la esquizofrenia, del yo dividido, siendo parte de un contexto fiero y de un mundo interno exigente a la vez.

Esta no es una lectura literaria común y corriente, es una aventura, un viaje en el tiempo a un segmento espacio-temporal determinado, un periplo a un sitio en donde «el miedo arrastra el poncho por las afiladas calles de la ciudad dormida», en donde el hambre y el frío, el fracaso y los constantes choques contra el muro de la realidad terminaron por mostrar, no sólo al autor, sino a toda una generación de poetas y autores el real rostro de las emociones en tiempos de guerra.

Las noches en vela esperando ser apresados, el miedo cotidiano omnipresente como el aire frío y prístino de esa ciudad, la tortura del amor para nada normal, del amor inconstante; del sexo y «otras hierbas» como escapatoria; de un contexto extremadamente agresivo y peligroso para quienes asumían pensamiento independiente y roles tales como ser poeta, político, artista. Una relación «de dos» segmentada, difusa y unida a la sensación de no cristalización; la condena emocional a vivir en estado de emergencia, en estado de sitio; el sentir y percibir que nada era normal y que dependiendo de lo que ocurriera al instante siguiente definitivamente ya jamás podría serlo; la muerte como compañera constante y fiel; los estudios, el análisis político militar de las situaciones cotidianas por sobre el análisis natural de las cosas como hoy experimentamos y tratamos de hacer; la alucinante relación con la pistola beretta 92f bajo la almohada, la sospecha abierta sobre todo lo que se moviera, la inexistencia de soportes vitales, el saber sólo una cosa «que nada era seguro, peor aùn, nada era » es decir un tiempo de pesadilla en un lugar de pesadilla.

El mundo en blanco y negro, en gris, en sepia, en nublado, pero nunca en colores vívidos como hoy en día muchos ven desde lejos aquella época o hipnotizados por este poder rizopanóptico que nos mantiene esclavizados tratan de resucitarla con el fin de mantenerla como moneda de cambio para sus años felices o como una moda que les consuela de sus fracasos.

Pero más que nada el amor aterrado, infructuoso, sublimado y esquizoide en un momento histórico de nuestra vida que, curiosamente hoy en día, pasados los años y las administraciones, mantiene en esencia muchas aristas de ese sentimiento en estado de sitio, es decir que, aunque no haya censura aparente, toque de queda aparente, miedo en la calle, armas y noticias de armas aparentes en el sentido de represión política y social, subyace una guerra que no permite expresar o sentir esa emoción de una manera total y absoluta, lo que de paso nos hace preguntarnos si esa emoción y la forma de ser experimentada transmitida de generación en generación no nos hizo tergiversarla.

El gran valor de esta obra pervive en el hecho del rescate de una forma de experimentar "aquello" en un contexto determinado, de una manera de sentir esa emoción en tiempos difíciles; este rescate, esta reiteración de que el sentimiento puede, pero no debe y sí debe -a la vez- ser un escape, un secuestro de la cotidianeidad tiene su valor en tanto advierte que como seres humanos vivimos en un habitus hoy en día para nada seguro, al contrario, las relaciones se hacen frágiles, las bases de la sociedad se han tornado frágiles, filosofías y religiones ya no son garantía de seguridad ontológica, la comunidad está cambiando, el planeta en sí ya no es seguro, lo que mueve al mundo no es el amor ingenuo y virginal, sino el tráfico de armas, de drogas y seres humanos, los sistemas económicos deshumanizadores, la pornografía infantil, el genocidio transparente, el asesinato de niños, la polución y la expoliación en todo sentido, la orgía ditirámbica de quienes ven cerca el acabose, en fin, la risa de Abbadón el exterminador perfilándose en el horizonte de un mundo que se cae a pedazos, factores que si –paradojalmente- desaparecieran provocarían un caos tal, que el ser humano desaparecería como especie, pues quiéranlo o no esto se ha convertido en sus soportes ontológicos, éticos y morales actuales. Por esta misma razón no aplicaremos en este prólogo -porque no cabe- las típicas plantillas postmodernistas de análisis literario en que nombres como Bataille, Derrida,Foucault, Greimas y toda la fila de ánimas y argumentos con que academicistas barrocos y canónicos y sus falencias cognitivas y valóricas reemplazan sus argumentos para decir lo que salta a la vista de una manera más que evidente, que ya tanto autores como el lectores están cansados de desear estar a la altura de normas para construir y/o comprender un texto según cánones ideológicos alienígenas.

¿Qué amor es operativo en estos días, el de crisis o el de novela?

La pregunta que nos lanza el autor en su obra editada en fotocopias y archivos digitales en 1987 y hoy en papel, dedicada paradojalmente a su arma y no a las mujeres ni al amor entre seres humanos, nos cruza transversalmente, tanto para desilusionarnos sobre un sentimiento durante siglos plagado de mitos y ritos hueros, como para entregarnos una clave, una señal para sobrevivir en el tiempo de los medios, en una sociedad de redes en donde los límites y fronteras necesarios para nuestra afirmación como individuos cada vez menos autónomos se transparenta a un grado tal que no sabemos si somos nodos o esclavos condenados a construir fractales, masa social o ser individual pensante con proyecciones, riqueza, debilidades, pero sobre todo y definitivamente sin expectativas propias, situación muy relevante en los tiempos o era de la información, en que hasta Dios es un dato más.

Sobrevivir es "ser" y un plus que asigna a ese "ser" una capacidad o un nivel determinado de resiliencia en este nivel. Para sobrevivir es preciso haber tocado fondo, paradojalmente haber sido torturado, muerto y desaparecido, haber sido tocado por la mano de la calamidad, por esa soledad ontológica y existencial pura y hermosa que afecta al ser humano en momentos de crisis o cambio, en donde debe erigirse en Dios, en donde deviene Dios; haber visto caer y ceder a los amigos y hermanos en pleno combate contra una realidad aplastante; haber asistido a un circo romano en que para sobrevivir y ser intocado curiosamente se debe haber sido tocado; en que para crecer como ser humano se debe conocer ambas caras del espejo y haberlas asumido, ser esas caras y controlarlas. Para ser humano completo se debe ser Dios y Mierda, un vil Abraxas y trascenderlo, ir más allá, tocar todo, manchar todo, beber todo y una vez conocido ese todo escoger los caminos definitivos y libremente asumidos, pero nunca antes de haber asistido desde una perspectiva externa y privilegiada, desapasionada si se quiere, en la soledad intrínseca, el devenir, el chapoteo desesperado y esencial en el extraño lodazal humano, ese que una vez trascendido nos enseña que la única frontera importante en este segmento espacio-temporal es aquella línea que separa todo lo que se tiene por delante de todo lo que se ha vivido y dejado atrás sin olvidarlo un instante, pero convirtiéndolo en un soporte vital. Sólo de esta forma se puede enfrentar la precea que casi todo escriba y sobreviviente busca desde más acá y más allá de la vida, el estado de completitud, el equilibrio y reposo de ese pequeño Dios, el que está ya tan lejos del alcance de la masa que no puede ser engañado por la astucia satánica de lo telúrico; de allí su pupila clínica, cínica y afilada.

El autor

Franco Ibáñez nace en Temuco en 1960 y posee una dilatada trayectoria poética prácticamente desconocida en el parnaso frívolo y liviano, e incluso en el académico, no así en el del Chile profundo, su poesía se oyó, recitó y vivió desde aquellos años horadando muros, la repitieron muchos amantes malditos el 90, en las peñas trashumantes, en las manifestaciones junto a "Neumáticos en llamas"; también la oyeron los niños temerosos de uniformes y que hoy, ya maduros, en un nuevo contexto internalizaron desde ese momento una visión del amor y la realidad que hoy confirman y contrastan con los cambios acelerados de un mundo rumbo a algún sitio en donde éste se ha tornado enteramente confluente, sin querer de manera alguna omitir la existencia actual de esta emoción o sentimiento en su sentido clásico.

Sin embargo, Ibáñez, no es un desconocido para los integrantes de la generación NN, y la generación del 87; él, junto a poetas como Tadeo Luna y Miguel Angel Manosalva de Temuco, Luis Riffo de Valparaíso, Marta Manríquez de Traiguén, Isaías Carrillo de Collipulli, Víctor Hugo Díaz de Santiago, Hurón Magma de Cunco, Lubio de Hualpén, César Valdebenito, Leonardo Ojeda, Carlos Esparza de Concepción, conforman lo que Luis Riffo denomina la «Cofradía dispersa » de Chile, poetas de una u otra forma sumergidos, fugitivos, inasibles, lejanos y sobrevivientes.

Su militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria desde 1979 a 1991 lo obliga a mantener un perfil apartado de la poesía «pública y comparsista» de los ´80 y ´90, tanto en Concepción, como en Temuco y el resto del país por razones más que obvias, sin embargo, no deja de fundar agrupaciones culturales y ser parte de aquellas orientadas exclusivamente a la literatura; integrante fugaz del CEFA bajo la égida de Andrea Bascuñán en Concepción; miembro fundador de la Coordinadora Cultural de Hualpencillo en Talcahuano junto a la familia Muga y al cuentista Patricio Pinto; fundador, además, del Centro Cultural Triángulo en Hualpén y un largo etcétera, como una eminencia gris en las sombras que por propia voluntad se separa y automargina del mundo de «vacas sagradas» y de los núcleos poético-mutualistas tan históricamente adictos al «autobombo», en primer lugar por razones de seguridad y en segundo lugar por su incapacidad de comprender a una generación que buscaba desesperadamente en esos años el reconocimiento público por sobre el equilibrio del trabajo escritural, la vida propia y el quehacer cultural, político y social de un "país en llamas".

Su obra

Entre muchos trípticos, dípticos y cuatro libros escritos ilegalmente y en la clandestinidad, en ocasiones distribuidos subrepticiamente en fotocopias y de mano en mano desde 1986 a 2004 la serie compuesta por "Los amores de beretta: amor bajo fuego", 1987; "Sobrevidas" 1989; "Rojo, negro y adios a las armas",1993; nos entregan una visión férreamente adosada a lo que ocurre fuera del autor, el contexto, y esencialmente la forma en que éste atrapa al poeta hundiéndolo en la realidad, en la existencia, obligándolo a permanecer sumido en ella y a dar cuenta sólo de ella como una amante celosa, obligándolo a alucinar, visión que ha obligado a filósofos y analistas a incluirla como parte importante de la obra de cualquier escritor, la realidad, aquella de la que nadie puede quedar fuera, o escapar, o escribir sin ser influenciado por sus efluvios a veces sutiles y otras groseros; esa realidad y su veracidad sin contraparte; el irrefutable recordatorio de que al estar inserto en un sistema vital, como es este, sus cadenas se hacen aún más terribles cuando se es un escriba, cuando se debe registrar la irrealidad de la realidad sin ser tocado en lo profundo por sus nefarias aristas, por su hediondez insoportable, por su injusticia y desequilibrios atávicos y fundamentales, por sus debilidades y desaciertos que causan sufrimiento y muerte a quienes la componen; esa realidad que como en la obra de Castaneda se encuentra exenta del soporte racional que caracteriza al habitus, al punto de que el autor transmuta, modifica y homologa su personalidad al nivel en que es uno con todo, en que dedica alucinatoriamente sus poemas a su arma, a su única y "fiel amante" sin ser tocado por la ternura de esa realidad, por su belleza contradictoria, por la sublimación ad infinitum de los pocos detalles que, de una u otra forma, la rescatan de su extraño y horrible signo.

Ibáñez ve amor, ternura y belleza en la muerte, en la guerra, en el combate contra un sistema, en la tortura, en la persecución, en la desaparición de seres humanos, en las épicas luchas sociales en que el ínfimo y anónimo ser humano pasa a ser un protagonista de su propia historia, aunque ello implique baños de sangre, miles de torturados y desaparecidos, desaparición de los soportes morales y éticos vitales del hombre, pues es allí en donde la especie humana desnuda de sus ropajes se muestra en toda su esencial, prístina pureza y extensión; es allí en donde está la poesía, aún más, eso es la poesía. El escriba encuentra belleza en el amor fragmentado, en la angustia y separatividad de ese amor esquizofrénico y autorreferente, en el miedo omnipresente de ese amor mortal y peligroso, ese amor de emergencia egótico, traidor, único y terrible que se manifiesta y encontramos solamente en estados sociales críticos, como una revolución, una guerra, una insurrección, una catástrofe de proporciones apocalípticas, cuando desaparecen las fronteras y soportes del ser humano y éste no atina a nada, excepto a volver a su estado cavernario, de sobrevivencia, de emergencia, momento en que al fin regresa a su estado primario y esencial y se convierte en todo y es el todo sin fragmentos, en que puede ya sin reservas sentir esa tibieza que le permite estar integrado con sus propios Dioses, con el mundo, con los animales, las plantas, las armas y su camino.

La belleza y la fealdad, el amor y la muerte, lo urbano y lo erótico están contradictoriamente presentes en la poesía de esta serie, y es que en el pragmático fracaso de las utopías, en la demostración de las debilidades humanas, en sus históricos campos de concentración, en sus asesinatos en masa, en los genocidios y en la violencia esencial existe un cierto tipo de belleza, erotismo y amor, existe una cierta luz en la oscuridad, existe una poesía - quizás la única- que sólo los escribas, y poetas son capaces de percibir, por ende, eventualmente de registrar en nuestros códigos, una belleza real, sin filtros culturales, religiosos, sociales, morales o éticos, en tiempo real, quizá la única belleza plausible hoy en día y en lo que viene, ergo, el hombre en todo su esplendor.

Aunque, es en "Ciudadano de dos mundos", en que un Ibáñez "evolucionado" y quizá "domesticado" se muestra y denota una curva cerrada rumbo a la absolución del ser humano social, haciendo su aparición una veta mística y espiritual desconocida que da cuenta consecuente de un evolucionar interno del poeta, no es nuestra intención hablar de ello, pues lo que nos concita en este momento es la presentación de su primer libro en el 87, que nos habla de "amores bajo fuego".

Invito, pues, al lector a hundirse en aquella interesante época de nuestro país, a conocerlo, a conocer el amor a través de "Los amores de beretta", obra que nos reúne y en la que Ibáñez deja de manifiesto que, a pesar de todo, también en aquellas horas nefastas se amó, "con miedos e incertezas", pero se amó, como todos sus hermanos poetas NN del Temuco y Concepción de 1980 muy bien lo saben.