El universo de las escrituras, homenaje a Gilberto Triviños

El universo de las escrituras, homenaje a Gilberto Triviños

Carecemos de palabras frente a la muerte. Semejantes en nuestra perplejidad, en nuestra necesidad de amor, en la mayoría

de nuestros terrores y sueños, los seres humanos no somos sino metáforas de lo mismo. La muerte de alguien es siempre una representación de lo general y a la vez es un dato parco, que no ofrece explicaciones, salvo la de transformar la particularidad de un cuerpo, es decir, de eso que fue objeto de castigos y recompensas, de amor y de malas palabras, de caricias y golpes, en la seca mudez de una abstracción. La especificidad de la vida es tener un solo rostro en cada instante, una sola mirada, un gesto único, y la cara que veo y que me habla es exactamente esa cara, ese ademán, esa mirada. La ambigüedad de la muerte es que nos multiplica lo real, queremos recordar un rostro querido, que ya no está, y su rostro se vuelven ahora millones de rostros, millones de caras que se nos vienen encima, infinidades de gestos, de sonrisas, de rictus. No son los espejos ni las cópulas, como afirmaba Borges, los que multiplican y confirman la realidad, sino la muerte. Recuerdo una conversación con Gilberto Triviños, pero no puedo fijar la expresión de su cara, no porque la haya olvidado, sino porque esa cara es ahora todas sus caras, el universo inabarcable de sus expresiones y rasgos. La muerte nos pone de frente la abrupta totalidad de una vida. Recuerdo exactamente las palabras, pero ellas mismas se pierden en esa infinidad de transformaciones casi instantáneas, de movimientos que uno tras otro, va tomando un semblante humano en un solo segundo de su existencia. No estoy frente a él, no tengo esa unilateralidad de la existencia. Repito su nombre, pero no puedo ni tengo el derecho a inquirirlo y los sonidos de esas dos palabras, Gilberto Triviños, rebotan contra la superficie impenetrable de lo que está para' siempre fuera del lenguaje.

Pero precisamente la muerte es aquello que por definición, está para siempre y por siempre fuera del lenguaje. Nada podemos preguntarle ni tampoco nos dirá nada. Estar fuera del lenguaje es, en Latinoamérica, estar definitivamente fuera de una lengua datada, que hablamos desde hace quinientos años, y que se nos revela, siguiendo al Inca Garcilaso de la Vega, como la crónica de una determinada de morir, es decir, como la crónica de un gigantesco malentendido. Recuerdo nuevamente la última vez que vi a Gilberto Triviño y entiendo que tal como los antiguos héroes griegos buscaban la bella muerte porque querían sobrevivir en los cantos, los seres que hoy somos no tenemos otro más allá que aquel más allá que nos muestra el mar general del habla. Ese mar donde su sonrisa, sus ojos, sus brazos, se van hundiendo y que se cierra inmediatamente encima suyo. Anclados en la orilla de ese mar, frente a los bultos de nuestros poemas muertos, la muerte, su muerte, es una pregunta cuya respuesta no nos pertenece o, quizás más exactamente, es una respuesta a una pregunta que no ha sido formulada y que posiblemente no sea formulada nunca.

Es lo que pareciera mostrarnos tempranamente el mismo Garcilaso en la segunda parte de sus Comentarios Reales, la Historia General, cuyos capítulos van relatando, una a una, la muerte trágica de cada uno de los protagonistas de la conquista del Perú. Él libro finaliza con la descripción del ajusticiamiento del primer Tupac Amaru en la ciudad del Cuzco, acusado injustamente de querer recuperar el trono inca del cual descendía. El texto excede la narración para convertirse en exequias y lo que después entenderemos como Latinoamérica nace allí. Su relato es conocido: el inca va ser decapitado y hace unos instantes, alzando el brazo, hizo callar a la multitud que miraba con hosquedad y turbulencia el asesinato que está a punto de cometerse. El desfile que avanza hacia el patíbulo está encabezado por un vocero que va enunciando a viva voz las culpas por las que se condena a la muerte al que va a ser decapitado. Al oírlo, éste le pide al fraile que camina a su lado que le traduzca porque él no entiende el castellano. Es decir, no entiende la lengua en la que están las razones por las que lo van a matar. Pero en rigor toda muerte se debe razones que están explicadas en una lengua que no entendemos. La ferocidad de ese relato, su demudada grandeza, radica precisamente en esa incomprensión fundamental: no sabemos porque debemos morir. Y sabemos que no lo sabemos cuando alguien querido por nosotros muere.

Porque no podemos entender la muerte; podemos hablar de ella y toneladas de poemas y de dudosos libros sacros están allí para mostramos su desmedida recurrencia, su protagonismo, su dimensión a la vez farsesca y paralizadora. Más aún, podemos incluso imaginar aquel instante inmemorial en que algo que después se denominará lo humano, comprendió por primera vez que esa forma definitivamente inmóvil y que hasta hace sólo un instante se agitaba, gruñía, respiraba a su lado, estaba ahora representándole su destino. No podemos entender por qué debemos morir y la poesía y el sueño son quizás las grandes compensaciones con que los vivos asimilamos el hecho inminente del fin. Ensayamos entonces diálogos perfectos donde las barreras de la distancia y de la muerte dejan de ser infranqueables, la literatura no es sino eso, y nos entregamos al ejercicio del recuerdo como si fuera un presente perpetuo, como si no fuésemos nosotros mismos los que nos respondemos. Me he descubierto en estos días numerosas veces hablando con Gilberto Triviños, me he descubierto diciéndole todas aquellas cosas que no akancé a decirle porque nuestra amistad fue tardía. Hablamos por primera vez a finales del año pasado. Entramos rápidamente en lo que importa. Me dijo entonces que se estaba muriendo.

No alcanzamos a conocemos, me aprontaba a hacerlo y creo que él también, sin embargo esa frase lanzada frente a la noche (era efectivamente de noche, éranios tres, y cenábamos en un restaurante de Concepción), me hizo intuir algo que es más hondo, más vasto y, si se quiere, más irremediable que la amistad. Es demasiado inmenso lo que se hace presente frente a una declaración así. Quise responderle que, en rigor, todos nos estamos muriendo, pero habría sido una respuesta tan exacta como frívola. Y nuevamente es esa incomprensión herida, atemorizada. Podemos incluso desear morir, pero no alcanzamos a entender el designio, la trama que en el hecho de vivir y morir se juega, ni siquiera podemos formular la pregunta de un modo nuevo. Tocados por lo que cada vez es más próximo, asistimos al espectáculo de una deserción infalible. Lo sabemos, lo hemos sabido siempre, y sin embargo el dato de la muerte en su laconismo, en su brevedad, en su eficacia, es desgarrador. Lo escribo y mis propias palabras me resuenan como un eco lejano, como si las pronunciase otro. Sabemos que todas las muertes son también una serie de cancelaciones, de pequeños cortes, de aplazamientos mínimos, pero es la sanción de su radical imposibilidad la que las hace emerger con la consistencia de las montañas. Hablé varias veces con él, me invitó a hacer un seminario en la Universidad de Concepción, en el programa de posgrado que él dirigía y su bondad y su inteligencia me conmovieron. Luego me hizo partícipe de una serie de planes de publicación que me hicieron desatender la magnitud de lo que me había comentado. Qué equivocación. No nos dimos la oportunidad de ser amigos hasta casi el final, pero esos pocos meses en que hablamos es algo que llevaré conmigo más allá de las palabras, de lo que pueda o no decir. Ahora trato de recordar una mirada y son miles de miradas las que se me sobreponen, miles de rostros, miles de gestos, miles de expresiones que eran él o la materia de las que estamos hechos.

Pero no pude enfrentar bien el hecho básico de su ausencia. No di pésames, enmudecí, sentí una súbita vergüenza de mí mismo. Me pareció demasiado rotundo el hecho de estar vivo. Cumpliré, cuando me llegue mi turno, con el acto básico de sólidaridad de la muerte con la muerte. Esa solidaridad imposible y a la vez la más fuerte de todas, la única solidaridad inquebrantable y que nos otorga el raro privilegio de inmolamos en nombre de lo humano. Pero eso creo que alguien como él podría entenderlo, Gilberto Triviños, uno de los más grandes estudiosos en literatura colonial y además un teórico y crítico literario excepcional, y escribió el que es el ensayo teórico más lúcido y hondo que se haya escrito en nuestros países sobre la presencia de la muerte en la poesía latinoamericana: "Metamorfosis de la muerte en la poesía de Darío, Huidobro y Parra". Es un ensayo formidable, pero me he referido a él no tanto por sus méritos, sino porque contiene un detalle que seguramente él ahora corregiría: en el universo de lo escrito nada antecede a nada, no existe un antes y un después, y el instante en que escribe Nicanor Parra es exactamente el mismo instante en que está escribiendo Homero, Shakespeare, Dante, Rimbaud, Neruda, José Emilio Pacheco, Blanca Varela, Damsy Figueroa, mi contemporáneo Enrique Verástegui. Es la simultaneidad de todas las escrituras. Toda escritura moviliza la totalidad de lo escrito, porque al escribir se suspende la vida y por lo tanto se suspende también la muerte.

Sí, creo que es eso; prisioneros de una extraña sobrevivencia, en el universo en paz de los textos nada ni nadie se muere.