Bay ta ñi peñi Kose

Bay ta ñi peñi Kose
Al parecer, ninguna familia es perfecta; la mía, tampoco. Hace un par de meses, vine a saber que mi hermano José estaba aquejado de un cáncer cuando lo intervinieron de ¿uno o ambos riñones? La cuestión es que a partir de allí comenzó a dializarse. Peor aún, recién vine a saber que le anunciaron unos tres años más. A él no, claro; a su pareja. “Ya se cumplieron los tres años”, me comentó mi hermana Miriam. Y a mí me viene eso de que es habitual de que no inquiera más información aparte de la que me dan. Por eso, me entero al final, casi siempre. Es que ando amarrado a otros pensamientos. Me surge la duda… a ratos.
 
Aún no amanecía el martes nueve cuando me fueron a avisar. La urna con su cuerpo llegó cuando estaba amaneciendo, algo oscuro todavía. Algunos cercanos llegaron muy temprano y estuvieron ayudando hasta que se hizo de noche y mucho más: una sobrina de la Isabel – mi cuñada –, su marido y su hija.
 
El jueves será el entierro dijo la viuda y empezamos a movernos en función de ese día. Le ayudé con lo del fogón durante todo ese martes y la noche que vino. Cociné dos fondos de carne al jugo, uno después de otro, dos cabezas de chancho, por separado; y un fondo de carbonada. Pablo Elías – mi sobrino – me ayudó un largo rato. Los pies se me cansaron al punto de dolerme, ambos. Y, mientras tanto, no tenía bien resuelto lo de mi participación. Encargué un chancho. Pablo, el de mi sobrina Andrea, me llevó en su camioneta para buscarlo, por la mañana. Fernando y Guillermo, me acompañaron, porque les comenté que no sé agarrar un animal de esos. ¡Capaz que lo agarrara de la cola!... Era un animal hermoso, de esos que tú no quieres ver morir; pero, cuando uno de nosotros se marcha, se sacrifica lo necesario. La Isabel, mi cuñada, la viuda, echó dos cerdos pal otro mundo. Su hermano Juan le trajo un vacuno y encargó un caballo para el día final… y anduvo justo con la atención a la mucha gente que llegó.
 
Claro, porque nosotros hacemos de comer y convidamos a todos los que llegan. Aquellos que no entienden, ni quieren entender, comentan: ¿Para qué hacen tanta comida?... La cuestión es que después de enterrar al finado/a, comúnmente queda re poco o nada. Yo, por lo menos, ni probé del chancho. También convidamos vino o chicha. Durante la primera noche, le avisé a Isabel que repartiría vino – así se hace. Al día siguiente le llevé cinco litros para que ella disponga – así también se hace. Y para el día del entierro repartí diez litros más, junto con el asado, la ensalada y las sopaipillas que yo mismo hice[1]. Así debe ser, por varias razones: por el espíritu del que se va, por la familia, por la reciprocidad con los demás, por respeto a sí mismo, por generosidad, por ser porfiadamente mapuche y por mucho más.
 
En algún momento, pensé que es en esta ocasión en que el antiguo LOF se vuelve a reunir, porque somos todos una gran familia, separados territorialmente debido a la acción de la Comisión Radicadora del estado chileno, que así lo dispuso a principios del siglo pasado. Por eso, Bernardo Ñanculeo llegó con un saco de papas; mi primo Luis viajó desde Concepción, con uno de sus hijos para “entrar” y ser parte de esta ceremonia por segunda vez[2]; el sobrino Martín lo hizo desde Santiago; el sobrino Patricio de Ragintubewfv (Entre ríos), “entró” sin pedirle la ayuda a ninguna de sus hermanas y por eso cocinó él mismo. Vi llegar como dos sacos de papas más; pero, no recuerdo quienes los trajeron. Pan. Sopaipillas, yerba mate y otras cosas suele traer la gente para cooperar con la familia doliente. Mi hermana Teodora me preguntó con cuánto tenía que apoyarme. Le respondí que a mí, no; a la cuñada, sí; pues yo tenía todo resuelto.
 
El segundo día fue para preparar mi participación.
 
La jornada del entierro comienza con la ceremonia que se realiza junto a la urna, dentro de la casa. Es algo breve, en que un representante por cada línea familiar hace uso de la palabra. Solicitan permiso para retirar el cuerpo y llevarlo afuera, a un sitio amplio, en torno el cual se irán ubicando todos los que viven en Saltapura y que pueden “entrar”[3]. Los familiares directos, aunque no vivan en Saltapura, pueden/deben hacerlo. Si no lo hacen, de seguro serán material de pelambre.
 
Ya, el cuerpo en el campo, todos los dueños de casa o de mesa, formamos una hilera para saludar a las visitas, que se disponen de pie en los límites de ese campo ceremonial. Así como les vamos saludando, tomamos cuenta de quiénes han llegado e invitamos – a nuestra mesa – a quienes alguna vez han hecho lo mismo con uno.
 
La comida caliente se sirve en la mesa y luego, se les lleva, en donde se encuentren, a todos/as aquellos a quienes debo servir que están ubicados en otro lugar. Nosotros, usamos servir un plato de asado con papas y/o ensalada y pan o sopaipillas. Además, una botella de vino o a veces de chicha. Se nos va la mañana y el comienzo de la tarde en ese afán. En medio de todo se toma mate, se pellizca un pedazo de pan, se bebe todos los vasos que te brindan.
 
Allá por la hora acordada, se hace el zugutun, la ceremonia en que debe hablarse de la genealogía y vida del fallecido. En la actualidad, no hay buenos zugutufe, pues la gente desconoce parte del protocolo y ha olvidado algo de la historia familiar. Ya, en el cementerio, puede haber uso de la palabra por otros integrantes de la familia o amistades.
 
Mi hermano, tuvo la particularidad de ser querendón de niños, tanto que se hizo cargo del Bartolo, lo convirtió en sobrino nuestro, y éste chiquillo lo trata como a su padre. Bueno, ya no tan chiquillo: es papá de dos niños. (Vi a uno de ellos haciendo “puchero” por el Tata). También en su tiempo de joven y adulto jugó al fútbol, siendo dirigente del club local (Lucero y Lautaro). En los tiempos de la UP, participó activamente del Comité que se formó para canalizar las políticas de estado hacia el campo. Desde que se formó la Organización Comunitaria, bajo actual Ley Indígena se unió a ella. Obviamente, dejó uno que otro mal recuerdo; pero, de eso no hablaré en este lugar: es asunto de familia.
 
Nos queda ahora, en medio de la intensa lluvia, el recuerdo y las obligaciones para con quienes le sobreviven: Isabel, Anselmo y Bartolo. Supongo que todo anduvo bien con él, porque lo realizado alrededor de su cuerpo fue real y comprometido con nuestra memoria. De modo que su espíritu debe haberse ido sin más, al otro lado del mar. Por lo menos, nadie ha dicho que lo haya “sentido” por acá, no se quedó dando vueltas por nuestro rededor.

 

 

El agradecimiento es a la mucha gente que nos vino a acompañar y en particular a aquellos que colaboraron en las múltiples tareas que damos justo después de fallecer. Yo, por mi parte, debo mi gratitud especial a: mi hermano Olegario, mi cuñada Marina, mis hermanas Marta, Miriam, Teodora y Flor, mi hermano Raúl, mi prima Teresa Licanleo, mi sobrino Pablo Elías, mi sobrino Pablo, mi prima Dominga, mis sobrinos Fernando,  Guillermo, Lorenzo y Bartolo, a mi otro sobrino Gustavo y al peñi Luis.