Sobrevidas de Franco Ibáñez Zumel, palabras previas

Conocí a Franco Ibáñez (o más bien a quien se hace llamar así para efectos de la letra impresa) a mediados de los años ochenta, cuando ambos éramos estudiantes de la Universidad de La Frontera. Sin embargo, no fue en las salas ni en los pasillos donde iniciamos nuestro diálogo, sino más bien en los márgenes (palabra bastante recurrente en ese tiempo)

Conocí a Franco Ibáñez (o más bien a quien se hace llamar así para efectos de la letra impresa) a mediados de los años ochenta, cuando ambos éramos estudiantes de la Universidad de La Frontera. Sin embargo, no fue en las salas ni en los pasillos donde iniciamos nuestro diálogo, sino más bien en los márgenes (palabra bastante recurrente en ese tiempo) de los edificios universitarios, en aquellas habituales reuniones que se realizaban en piezas arrendadas, en un ambiente que oscilaba entre una vaga actitud conspirativa, conversaciones difusas sobre temas que considerábamos fundamentales o el simple impulso de emborracharse. Se creó en esos días una especie de comunidad etílico-lisérgico-filosófica, cuyos miembros teníamos en común ciertas lecturas tal vez algo desfasadas, pero distintas a las que era casi obligatorio en un contexto donde la urgencia política prescribía lecciones intensivas de marxismo en todas sus versiones. Éramos o habíamos sido militantes de diversa índole algunos o simplemente adscribíamos a la necesidad imperiosa de poner fin a la dictadura, pero también teníamos la conciencia de que la vida sucedía más acá de la historia. Leer y escribir era nuestra forma de acercarnos a nosotros mismos, de descifrar el sentido de una estancia confusa, al borde de la alienación, que las certezas de una ideología estaban lejos de disipar. Creo que fue precisamente leer y escribir lo que nos salvó a varios (no a todos) de caer en las garras de la demencia, aunque para ello debimos hacer algunas concesiones a las exigencias más banales de la realidad: el germen de la locura fue recluido en el ejercicio de la escritura y el resto de nuestra existencia se instaló en los territorios de la adaptación social, es decir, en la tarea de sobrevivir.

A partir de los poemas de Ibáñez se pueden deducir los temas que inquietaban a ese grupo de jóvenes irreductibles que circulábamos como fantasmas por las calles de Temuco. Las lecturas de Wilhelm Reich, Nietzsche, Camus, Sartre y los antipsiquiatras, lejos de todo esnobismo, son las marcas de una rebelión alternativa que se expresa con fuerza en los versos de este libro y que mantiene su vigencia después de más de dos décadas desde que fueron escritos.

Los poemas están fechados en 1989. Ese año contiene algunos hitos históricos que poseen una fuerza significativa en la gestación de los poemas de Ibáñez. La caída del muro de Berlín fue el gesto simbólico que no sólo le ponía fecha de expiración a los llamados socialismo reales, sino que además debilitó el impulso utópico que había alimentado las luchas sociales y políticas del siglo veinte. El sueño de una sociedad justa (aunque los intentos de concreción fueron más bien antiutópicos) cedía el paso al pragmatismo capitalista al que se irían adaptando los partidos de la izquierda revisionista que darían origen las corrientes socialdemócratas, modelo a partir del cual se configuraría la Concertación de Partidos por la Democracia. Ese mismo año se realizaron las elecciones presidenciales y parlamentarias que llevaron al poder a ese conglomerado político. Se ponía fin de ese modo, ante la expectación de muchos y el escepticismo de algunos pocos, a una dictadura feroz. Los aires de revolución que se respiraban a mediados de la década del ochenta se esfumaron por obra y gracia de negociaciones que se sirvieron del descontento generalizado de la ciudadanía, pero cuyos términos fueron redactados a sus espaldas por una elite de políticos que no tuvo inconvenientes para aceptar una serie de concesiones que le permitieron a las fuerzas golpistas mantener un poder desmesurado. La impunidad de quienes habían cometido graves delitos de lesa humanidad, la mantención de un capitalismo sin cortapisas y un sistema electoral dudosamente democrático serían las principales consecuencias de un acuerdo que ahorró sangre a costa del debilitamiento de la conciencia política de los ciudadanos, en adelante más bien considerados consumidores.

La escritura de Sobrevidas, realizada en el contexto ya señalado, recoge la rebeldía y el descontento que con mayor o menor intensidad los años venideros verían anestesiarse con el somnífero de una democracia plagada de simulaciones. Tal vez la imagen más clara y representativa de este libro sean los zombies, personajes recurrentes de estos poemas y que concentran la concepción que el poeta tiene de nuestra vida social. Qué mejor metáfora del comportamiento de los chilenos en las últimas dos décadas que la de aquellos muertos vivientes que se desplazan como hipnotizados por las calles de la ciudad, por los centros comerciales, impulsados por una voracidad ciega. De acuerdo al registro cinematográfico, esos monstruos se desplazan en masa, pero carecen de organización o espíritu comunitario, y lo más probable es que no tengan conciencia de sí mismos. Tan sólo son la encarnación de un apetito que busca devorar a los seres humanos que aún respiran, aman y temen. Perfectamente pueden ser considerados como una exacerbación del espíritu consumista e individualista que se ha consagrado en nuestro país: “Somos los muertos vivos / resultado de algunos negocios desagradables”, dice el poeta.

Estamos ante una poesía política en el mejor sentido de la palabra, porque no sólo rescata el ambiente paranoico y hostil de la década de los ochenta, sino que se proyecta casi proféticamente sobre el espíritu de la época que vendrá en los años siguientes. Esto gracias a la manera intuitiva con que atrapa los hechos y sentimientos predominantes. Basta citar el poema “Luego de las 10” para entender la actitud amnésica e indiferente que prevalece hasta ahora:

 

Luego de las diez ellos se descuelgan de los muros

Sólo yo los veo reptar

y ya no informo de lo que ocurre

-lo hice hasta por escrito-

 

Sé que piensan que estoy loco

pero yo los veo

llegan a las diez

a veces en autos con vidrios polarizados

sacan de las cajuelas bultos del tamaño de una

persona

 

En un principio me amenazaban para que no mirara

luego al saberme inofensivo sonreían despectivos

 

Ahora hacen su vida normal

ven la TV a las veintiuna y treinta

a veces se escuchan carreras y gritos

Pero sólo yo los escucho

 

El hablante de este poema no es el combatiente que lucha contra la dictadura ni el negociador que busca una salida pacífica, ni siquiera el simple ciudadano descontento o complaciente. Es un insignificante testigo al que nadie da crédito y que tampoco nada puede hacer por evitar los siniestros movimientos que se desarrollan durante la noche. El protagonista de estas viñetas decadentes es un antihéroe que reconoce su fracaso en la aventura de buscar el paraíso en la tierra que alguna vez imaginó. En lugar de ese territorio, lo que encuentra es el reverso exacto del locus amoenus, un purgatorio donde los muertos repiten los gestos de los vivos, como lo expresa el poema “Ciudad desnuda”:

 

“Ahora que cae la tarde

y los cimientos solitarios de este cementerio

crujen y se devoran

los cadáveres deambulan por las calles

bebiendo café en los bares

y amándose en los parques”.

 

Si bien los espacios urbanos son el elemento predominante de la escritura de Ibáñez, este autor dedica también una mirada atenta al cuerpo como lugar del desastre. Es el cuerpo el origen y destinatario de la actividad humana. A través de él se manifiesta el amor, la vida y la muerte. Creo que no es casual que la sección llamada Cuerpos sea la última, el final de este sórdido recorrido a través de los signos de la ciudad. En su búsqueda, el autor culmina con la marca primordial de la identidad, porque ante la pregunta de qué somos, la respuesta palpable no puede ser otra que nuestro cuerpo. Es a partir de él que los torturadores doblegan a un ser humano y para los asesinos la desaparición de los cuerpos de los disidentes (la extinción absoluta de su existencia) resolvía, al menos temporalmente, un problema legal. “Los cuerpos a fin de cuentas son sueños/ son pesadillas”.

Ibáñez traza una especie de descenso a los infiernos con una poesía que no teme a la incorporación de lo narrativo, la reflexión y, en su planteamiento formal, la ruptura de la versificación, como puede verse en los frecuentes encabalgamientos que parecen proponer una desarmonía que resulta coherente con el mundo que representa. Tiendo a creer que se trata de una propuesta estética que se cruza violentamente con un compromiso ético.

El lector encontrará a continuación la obra de un poeta que se ha mantenido en una pudorosa retaguardia respecto de las huestes que se precipitan ansiosamente hacia los fuegos artificiales del reconocimiento público. La aparición de éste, su segundo libro, no sólo rescata una voz que se ha mantenido oculta en las sombras de la provincia, sino también una mirada que arroja una luz sobre asuntos que muchos pretenden ignorar, que la mayoría quiere dejar en el olvido. Véase en estos poemas un –nada santo– remedio para la amnesia y la ceguera.