Presentación Electroshock, de Rosa Alcayaga: Los coros de una ciudad en llamas

Presentación Electroshock, de Rosa Alcayaga: Los coros de una ciudad en llamas

Rosa Alcayaga presenta una escritura ligada a sus lecturas, respeta, integra y extiende en su obra  sus modelos literarios y éticos, resignificados en la intertextualidad. Los epígrafes son luces para leer todo el libro, como lo fueron las elecciones de dialogar con Vladimir Maiacovsky y Alejandra Pizarnik


en su anterior Maldito Paraíso. En Electroshock establece otras relaciones literarias: el impacto de leer a Artaud y arrastrarlo para no dejar de aullar en ningún momento, sostén vital para la fuerza de Rosa, que parece una fuerza de la naturaleza emergiendo y nunca cansándose. Yo conozco el espíritu aguerrido, y sé que no va descansar jamás, pero otra cosa es decidir y poder  transmitirlo en palabras. A esta vehemencia espiritual agrega a Thomas Bernhard, un vehemente en el estilo. Pero no es solo la literatura con la que decide vincularse Alcayaga, sino también con la realidad, con los textos del periodismo, de nuestra mierda diaria. Porque Rosa decide transparentar su lista de útiles, permitiéndonos ver en qué se convierten, nos informan de otra modo de acontecimientos que podemos/queremos haber olvidado, pero que también podemos desechar por su ubicuidad en el libro. Cada poema tiene su información.

La referencia de Cozarinsky y los campos minados en el prólogo escrito por Eugenia Toledo toma sentido como exacta obertura, llave o clave para leer la obra a partir de los moldes que desecha o como se libera de ellos, en la intención poética: reinventar en el desgénero del libro el abecedario de los esclavos. La inserción coro, de voces, solo podría tomar como referencia en Valparaíso al drama en el conventillo y la peste descrito por Zsigmond Remenyk, el húngaro vanguardista perdido de los años veinte recientemente editado por el gran Chan Chan Olivos. La peste, que era la forma de control social entre 1860 y 1920, narrado contemporáneamente solo por la prensa, nunca por un autor chileno hasta Droguett y su novela décadas después. Paradójico resulta que otra vez tengan que ser utilizados en la desgracia, en el control social; quizá eso son las voces silenciados las que imponen la utilización del recurso, coros que no se oyen a lo lejos, a menos que lo hagan los médiums como Rosa que pueden hacer hablar y estetizar el fuego, que efectivamente es estético. No limitarse al testimonio ni dejarle el fuego a la historia fría, abrir la belleza inexorable de la destrucción y la vez informarnos que siempre estuvimos condenados al fuego. Este es un canto literario, genera la expectativa para lo que sabemos sucederá, la intensidad de la lectura pública; estos son poemas para la voz y la rabia, porque Rosa es pank como su maestra Stella Díaz Varín.

La literatura siempre fue una forma otra de construir memoria, pero se compró la trampa para escindirse y encerrarse en el siglo XX. El gesto de escribir encima del fuego literatura es darle otro sentido a la escritura periodística y sus moldes. Esto es periodismo poético, crónicas en verso, un documental desde el testimonio mínimo de un chico que se abre a los milagros del barrio, a la imagen final: la pared sola cayendo por mano común. Mostrar a los estudiantes que parecían encerrados en los bares del lumpen universitario para ganar la confianza y generar el piso para un alcalde o decir que las quebradas resultan inhabitables, algo básico pero se deberá seguir haciendo hasta que lo entendamos.

Saliendo de Valparaíso Electroshock muestra el devenir de la vivienda en el Chile neoliberal, en los bordes de la ciudad en los Bajos de Mena, en Puente Alto. Extender los territorios de nuestra literatura, como lo han hecho Gladys González, Priscilla Cajales, Juan Carreño, entre otros. Un escritura sobre la ciudad devastada, sobre lo habitacional y cómo ello determina la existencia. El material toma otra densidad cuando se subvierte, cuando la víctima de la carnicería medial se convierte en otra cosa.

Vuelvo a este puerto; más allá del fuego, Rosa reconoce en este libro el vínculo con Playa Ancha y Valparaíso, en la calle, en la carnicería, la protesta que revela el amor lésbico, en la fe que deposita contra el tiempo, porque mucha gente de los tiempos duros hoy nos habla con soberbia y nos quiere corregir. Encara la falsa política, los símbolos de poder como la religión que no la abandonan. Y de repente empatizamos como anarquistas internacionales en Grecia, la única liberación es la muerte en la jaula del capital.

Elijo utilizar esta invitación para confiar en mi lectoría, decidir sobre la parte final mi propia arte poética de este libro; mejor así, creo, incrustada en un poema:

“Por eso y sólo por eso
No quiero escribir versos sobre los arreboles
Ni de las rosas ni de los geranios
Quiero hablar de las pocilgas
Y de los letreros luminosos que venden medio kilo de mentiras”