Franco Ibáñez Zumel: el grito en la oscuridad

Franco Ibáñez Zumel: el grito en la oscuridad

 El mundo creado por Ibáñez a lo largo de su trayectoria como escritor nos informa claramente y sin medias tintas respecto de la estructura que, como un espejo, refleja lo que realmente ocurre a nuestras espaldas y bajo nuestros pies, insertos en lo que llamamos vehementemente realidad, una realidad alrededor de la cual giramos.

Tomado -y aislado en consecuencia- como un conspiranoico sin retorno a la hipnosis colectiva que crea la cultura de masas y las políticas del poder, este autor no tiene cabida alguna en el contexto ni las categorías generacionales literarias actuales y por extensión en lo que él llama el corral, el charco, el lodazal y otros epítetos con los que se refiere al mundo, -país incluido- y a quienes danzan alrededor convirtiéndose en un paria ante sus pares por escribir las cosas y sobre las cosas que incomodan no solo al mundo literario chilensis a un nivel muy profundo, sino también al mundo en general y a quienes prefieren su bienestar, comodidad y anuencia con un suprasistema que les mantiene prisioneros en sus casas, en sus tiempos libres y en sus trabajos acallando las preguntas esenciales, de todas formas considerando esto como un negocio bastante aceptable, una «transacción elegante» en que por una parte el común de los seres humanos obtiene el permiso de su conciencia para solventar, soportar y vivir tranquilos sin mayores cuestionamientos en un lapso aproximado de 80 años (in crescendo) un crédito de consumo que lo apartará de las pérdidas de tiempo y por otro lado, la contraparte, o «el sistema» dirigido aparentemente por los lobos que pueden utilizarlo como proveedor de BTU(s).

Allí el humano, o localmente el chilensis en estado de transición a zombie o lobo, arrastrando la culpa congénita de su Dios judeo-cristiano, la misma que lo acalla ante la injusticia y no lo deja levantar la cabeza como un sicambro, solo sobrevive pagando mensualmente las cuotas de ese préstamo ontológico sin poder mirar hacia los lados, y peor aun, sin poder observar la decadencia y la caida al abismo que nos mantiene cautivos en la inercia de un existir soso

A Ibáñez, desde sus inicios en la literatura por allá por 1975, nunca ha sido posible catalogarlo de acuerdo al canon -ni en desacuerdo con el canon-, definitivamente no cabe allí, su propuesta ética y estética aún en encuadramiento no es fácil de digerir, ni por la academia ni por la crítica, sin embargo estamos asistiendo a los esbozos que preceden su reconocimiento como un «rara avis» tanto a nivel de estilo como por sus ejes temáticos escogidos; nadie destapa los monstruos como él, pues históricamente en la poesía chilena los ejes que la cruzan son los sociales, los ideológicos, la cultura prisionera y mediática ya cautiva sobre los cuales frecuentemente dispara Ibáñez, además de aquellos estilos en que corre lo surrealista, lo intimista y lo que siempre ha cruzado a la poesía, los guiños intertextuales de estilos desde el 1900 a la fecha.

No hay escuelas para Ibáñez que tengan la capacidad para agotarlo o categorizarlo. Por ello el canon allí y con él se desvirtúa. De acuerdo a ello el crítico y analista Luis Riffo avecindado en Valparaíso escribe en el prólogo a sobrevidas lo siguiente:


«Ibáñez traza una especie de descenso a los infiernos con una poesía que no teme a la incorporación de lo narrativo, la reflexión y, en su planteamiento formal, la ruptura de la versificación, como puede verse en los frecuentes encabalgamientos que parecen proponer una desarmonía que resulta coherente con el mundo que representa. Tiendo a creer que se trata de una propuesta estética que se cruza violentamente con un compromiso ético»

Sin embargo, Ibáñez tiene razón en su constante encierro voluntario y desde el cual de vez en vez sale a otear lo que realmente ocurre en el mundo exterior; las cosas e inclusive las palabras nos aprisionan circundando una órbita que nos mantiene en suspensión animada de tal forma que solo somos capaces de decodificar el círculo más cercano, no así el resto de ondas concéntricas que nos rodean y que estructuran nuestras vidas de tal forma que nos es imposible ver realmente el mundo que nos rodea.

Ibáñez es el salto cuántico desde la poesía situada a la continuación de la lírica y allí está solo, no hay Dioses aun que nos marquen el terreno o nos impongan normas.

Desde «Sobrevidas», «Vía férrea», «El ciudadano de dos mundos», algunas entrevistas, declaraciones y en las escasas conversaciones con Ibáñez nos grita a la cara que estamos rodeados de ovejas, zombies y lobos, y que aun desde ese conocimiento -pues todos lo sabemos y lo reconocemos como etapa premonitoria del temor y el miedo- somos incapaces de «ver» a los desechados, a los condenados de la tierra, (no se refiere a la pobreza) los que están a nuestro lado, pero separados por una capa invisible y opaca, capa estucada por los mass media, por la entretención persecutoria y vigilante que viene desde la infotecnología, por la desviación de la atención en lo fútil, en lo material concreto; nos grita que es necesario desprogramarse, respirar, despertar, nos dice incluso, que a través de la propia poesía es posible retirar de nuestros ojos y oídos las vendas y tapones.

Si bien es cierto Ibáñez Zumel no propone alternativas no es por el salto al vacío de pasar de una poesía política a una poesía antirizomática o antipanóptica con fines de búsqueda de soportes o palmas, él sabe que la poesía no puede proponer alternativas, que el compromiso ético de la poesía no es otro que despertar a los dormidos, no entregar armas ni educar, sino simplemente despertarles.

El poeta es un testigo -nos dice-, no un mesías ni un líder, el poeta está condenado a estar fuera del círculo no dentro de él, no forma parte de la estructura, es el intocado, el condenado, el observador encadenado a la roca por los Dioses.

Nos reclama que la política y la ideología, la religión y el misticismo se quedaron atrás al tratar de develar de manera simple los parámetros que deberían mover la maquinaria, que sus discursos añejos ya no mueven a nadie luego de hacer exactamente lo contrario de lo que pontificaban; que las iglesias murieron y sus Dioses junto a ellas, que la política no murió pero se transformó en el tiburón más grande del charco, en el tentáculo latinoamericano más eficaz del "Poder", que quienes están tras el espejo engañándonos aun con el fantasma de un capitalismo ya desechado por ellos mismos como instrumento de dominación continuan allí con otras máscaras y cada vez más cercanos a nosotros y a nuestros espacios antes propios e individuales, que el misticismo nos aletargó, que el DSM IV fue impuesto no solo por la capacidad de ese sistema que él llama rizopanóptico de implantarla sino por la incapacidad y complicidad del resto de resistirla, que la academia se quedó fijada en una película en blanco y negro post-golpes contextualizados en la doctrina de seguridad nacional y que el ejercicio de escribir o leer pistas y criptogramas son lo único que nos queda para escapar de la esfera y despertar, aunque no define este último concepto.

Ibáñez no es oído aun, le esperan grandes batallas, pero no está solo, Jorge Ojeda y un par de poetas más están en la misma batalla y no sorprendería que luego lleguen otros, lo inquietante es que ellos tienen razón y van por el camino correcto. ¿Qué ocurrirá con la poesía post? ¿sobreviviremos lo suficiente para ver los resultados del fuego purificador de los iconoclastas como Ibáñez Zumel?