Oda a la crítica

Oda a la crítica

El papel del crítico, y de la crítica en-sí-misma, ha sido sobrevalorado en una civilización que, como la nuestra, ha hecho de la cultura la prótesis más básica y ostentosa, aunque tempranamente relegada a artículo de segunda mano, de su propia existencia.

Es bastante común encontrarnos con ligeros espacios, apenas robados al frenesí noticioso con que habitualmente se nos bombardea, en que se dedica un mínimo tiempo a la crítica de una obra literaria, pictórica, fílmica o televisiva. Derivativamente, también resulta bastante común que veamos al vecino con un libro típicamente de autoayuda, porque a la presentadora del noticiero de las siete le parece que es una de las más grandes obras literarias de este nuestro siglo. Y más común todavía es encontrarnos con puntos de vista arriesgados de las obras criticadas, con interpretaciones permisivas y atrevidas que encubren apenas el capricho del comentarista (o de la institución que éste encarna). Sin embargo ¿qué más podríamos pedirle a la crítica y a su álgido representante? Entendemos que gracias al rol desempeñado por ésta una obra puede ser o recibida elogiosamente o simplemente echada a un lado como incomprendida, y que de ejemplo evidente nos sirva el caso de las Obras Completas del Conde de Lautrèamont ignoradas durante años por la crítica oficial francesa, rescatadas tardíamente por los simbolistas y reivindicadas fieramente por los surrealistas.

No obstante la importancia que se le da al crítico, nos queda una pregunta suspendida en el aire: ¿Debemos guiarnos por lo que otro piensa acerca de una obra estética? ¿Debemos permitir que violenten en alguna medida nuestra libertad de elección e interpretación? Y en caso afirmativo: ¿Cuál es el papel que ejercemos como lectores cuando nuestro juicio viene predeterminado por lo que leemos acerca de, por los prejuicios que adquirimos a través de nuestra "educación" y nuestra "cultura"?

El crítico, tanto como el autor y como el lector —puesto que intenta personificar los dos a un tiempo—, posee dones que solamente él sabe cómo usar. Inconscientemente puede ser un "educador" que apremie a una poética, que promueva en quien le escucha o lee una cierta filiación estética y busque, precisamente, afinarla en el lector/vidente en potencia; por otro lado, puede simplemente ser totalitario y exigir una adhesión ciega y permisiva con sus propios intereses y gustos. Sin duda, es a este último a quien hace referencia Neruda en su preciso Oda a la crítica, puesto que:


... fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios...


A ese gran cementerio de nuestra opulenta cultura letrada. Y mejor callo ahora, antes de empezar a ejercer tan dudosa profesión.